El último billete

TEATRO

EL ÚLTIMO BILLETE
Obra dramática en cuatro cuadros.
Nota:
Sacada de un hecho real ocurrido en un barrio de Madrid en el año 1966.
Personajes:
Micaela.— La madre.
Luis.- El padre.
Quique.- El niño.
Josefina.— Vecina.
Juana.— Vecina.
Luisa,— Vecina.

Teatro realista y popular.
    PRIMER CUADRO

Ambiente:
Familia obrera tipo clase media.
Cuarto de estar y comedor sencillo. Mesa camilla vestida en el centro. Un sofá cama y dos sillones discretos. Un mueble aparador. Mesita con aparato de radio y teléfono.
Acción.
Micaela, mujer de treinta a cuarenta, trajina por la habitación. A cada instante la detienen sus pensamientos. Su gesto rebela intensa preocupación. Con el polvo que quita en cada mueble, un suspiro, una queja, un lamento.
Micaela.—
¡Dios mío! ¡Que puedo hacer yo!
Josefina, la vecina del cuarto de enfrente, asoma su cabeza por la puerta.
Josefina.—
¡Perdón Micaela! ¿Molesto? ¿No?. ¡Quería preguntar si va usted a tender en las cuerdas del patio. ¿Si?.
Micaela.- (Distraída)
¿Como? ¿Decía usted?.., si voy… ¡Ah,ya! (Comprende) ¡No,no! ¡En absoluto! Puede usted tender cuanto necesite. Para lavar estoy yo. Ni para lavar ni para nada. Bastante tengo hoy encima.
Josefina,- (Pasando)
¡Vaya por Dios mujer! ¡Esta pícara vida! No hay que tomar las cosas por la tremenda. Todo se arreglará! ¡Tiempo al tiempo!. Dios aprieta pero no ahoga.
Micaela.—
¿Todo se arreglará? ¡Si,si… Menos lo que no tiene arreglo! ¡Además decirlo es muy fácil Josefina, pasarlo… ya es otra cosa muy diferente!
Josefina se decide a entrar por culpa de la curiosidad.
Josefina.—
¡Así que… ¡Nuestro hombre sigue en sus trece! Increíble. (Deja la bolsa de la compra) ¡Terco que terco! ¿Y no suelta prenda?… ¡Será posible! Yo… La digo a usted mi verdad. No me cabe en la cabeza. ¡Con lo unidos que han estado ustedes siempre! ¡Un modelo de matrimonio!
Micaela.— (Con amarga ironía)
¡Un modelo de matrimonio!
Josefina.—
Y que… Así… ¡De la noche a la mañana, pueda verse rota la armonía y la paz familiar!… No, no me lo explico.
Micaela, (Necesitando confiarse.)
Yo me las temo todas Josefina. (Rompe a llorar) ¡Tengo un disgusto!
Josefina.—
No sufra mujer. Bueno yo no se que decirla. Ni aconsejarla nada me atrevo. ¡Es tan delicado el asunto Además no se me ocurra nada, la verdad. No se…
Micaela.—
¿No se sienta un poco Josefina?
Josefina.— (Sentándose)
No, Vengo de La compra y voy a preparar mi cocidito. Hija, es lo que menos trabajo da para los días de lavado, Si no lo hace una así, la vida se enreda más de la cuenta. Se forma un atranque que vaya. Luego llegan los chicos a comer y no hay nada que da pie con bolo ¡Por supuesto! ¿Verdad? Lo más calentito en el fregadero, ellos exigiendo, ¡Una nerviosita y sin saber por donde emprenderla! Lo que ocurre en las casas ¿no es cierto?
Micaela,—
Si, Claro. Eso,..
Josefina.—
Por lo mismo ¡cocidito al canto! Que se hace solito y no ocupa tiempo ni lugar. (Risita)
Micaela.— (Pensando en si misma)
¡Así son las cosas! Cuando menos se espera…
Josefina.—
Y estoy cansada, no crea. Hay días que empieza una la jornada cansada ya. No se por que razón. Como si el sueño no aprovechase. ¿No le pasa a usted?. Como no… Y en estos días piensa una ¿Como acabaré hoy?
Micaela,— (Maquinal)
Sí… Aburrido.
Un silencio en el que Josefina la observa.
Micaela quiere hablar y no encuentra ocasión.
Josefina.- (Poniendo cara de circunstancia)
¡Pero estos hombres Señor…! ¡Que mosca le habrá picado a este ahora!. ¡Tan enamorado hasta aquí ¡Quién lo diría! ¡Si eran ustedes la envidia! ¡La envidia) (Inquiriendo noticia) ¿Y que?… ¿Sigue igual? ¿Cómo se comporta con usted?
Micaela,—
¡Que puedo decirla! Igual. Igual para no variar. ¡Como que parece que se ha quedado mudo! Ahora ya no se molesta ni en venir a comer ¿para qué? Es lo mismo. Lo mismo te da que le grite, le llore o le suplique. No me atiende. No me responde. No le importa. ¡No le importo!.
Josefina.—
Pero no me diga. ¡Si rodaba ante sus menores deseos! Si hubiera sido el mío… tan despegao!… ¡tan descastao!… ¡Pero el suyo!
Micaela.—
¡Señor) ¿Qué puede estar haciendo? ¿Que puede estar pasando?
Josefina,—
¡Y de entregarla el jornal…Nada! ¿No?
Micaela.—
¡Si me lo entregara! ¡Es lo más duro! ¡Es lo verdaderamente crudo! ¡Van para cinco semanas! ¡Que va a ser de nosotros Dios mío!
Josefina.— (Levantándose)
¡Jesús! ¡Jesús! Cuando se vive al día, como los de nuestra clase) ¡Catastrófico!
Micaela.-
Yo no pienso en mí Josefina, no. Cuando una mujer tiene hijos, no es el mal mayor, que el marido se tuerza o se vaya con otra. Créeme. Lo importante, ¡lo horrible! es que eso pueda suponer el pan de los hijos. ¡El pan de mis hijos!
Josefina.—
¡El pan de loe hijos! ¡Eso es un sagrao caramba! Pase lo que pase entre los dos. Ocurra lo que ocurra, Suceda lo que suceda. ¡Es un sagrao! Así nos lo han enseriado y así tiene que ser.
Micaela.—
Nunca jamás en la vida que me tocó a su lado, pude esperar nada semejante. Con decirla que… Tengo por todo tener, un solo billete de cien pesetas… ¡Cien cochinas pesetas y ninguna seguridad para mañana! con tres lujos a quien dar de comer. (Va hacia el aparador)(Abre un cajón) ¡Mírelas Josefina, mírelas, que no la engaño!
Josefina.—
Madre mía… ¿Qué pensara ese hombre? ¿Que le pasará? ¿Como puede eludir de esta manera sus obligaciones? Bueno. Es posible que mañana se lo traiga ya y a lo mejor con atrasos y ganancias. Mujer… No vamos a ponernos en lo peor. Bueno hija… La dejo. (Tímidamente) De todas formas… No se lo digo con la boca chiquita. Ya sabe usted que… si necesita ayuda… en lo que yo la pueda dar la mano… Unos por otros. No se van a quedar sin comer los niños. Y ya me pagará… Sin prisas. (Arrepintiéndose) Claro que… Seguramente tiene usted crédito en el barrio.
Micaela.—
¿Y si lo hubiera agotado ya? (Risa triste)
Josefina.—
¡No exagere, mujer! De todas formas lo ve usted todo negro amiga mía. Pero la dejo hija. Luego seguiremos la conversación. El lavado ne apremia ¡Dios mío! ¡Que no voy a terminar para la hora de comer!
Sale de la casa y vuelve a entrar de nuevo.
Oiga ¿Por qué no habla usted con su Jefe y le dice todo lo que hay? Seguramente la ayudaría , se interesaría por usted y le llamaría al orden. ¡Decidase! Algo tiene usted que hacer.
Micaela.-
No. No.. ¡Lo he pensado, pero no me decido, me atrevo! ¿Y si le comprometo? ¿Y si expongo su colocación? ¡Eso es tan serio Josefina! Y… ¡A saber en que lío estará metido! ¿Pero porque razón no se confía a mí, a su mujer?
Josefina.—
¿Por qué razón? ¡Toma! Porque no somos comprensivas y nos encanta no serlo. Porque no les ayudamos nunca. ¡Nos privan las escenitas teatrales! ¿No es verdad? Claro que si. Y les obligamos a temernos. Ésta es la prueba
Micaela.— (Llorando)
¡Siempre estuvimos unidos. Era un buen padre. Era un buen marido.
Josefina.—
¿Era?… Hija, que no se ha muerto.
Micaela.—
Si. El que fue sí. ¡Sensato, ecuánime, honrado, noble, transigente… ¡Jamás me había reprochado nada! ¿Por que, por que?
Josefina.—
¡Tenga paciencia! Pronto hemos de ver el desenlace. Esto no puede durar eternamente. Usted tenga paciencia y mucho tacto. ¡Quién sabe! Una deuda de juego… ¡Un compromiso ineludible! ¡El pago de una deuda! ¡Una complicación económica!
Micaela.—
¡Una mujer! Una coacción. Una multa. Un…Desfalco. No, nada de eso. Una mujer. Me lo da el corazón. No no me importa… No me importa. (La tiembla la voz) ¡Perder la alegría, la tranquilidad, la fe! No me importa. De verdad… De verdad… ¡Es el pan de mis hijos! ¡Es el pan de mis hijos!
Josefina.—
Sinceramente lo siento. Me apena usted. Pero tengo que irme. La hora me apremia. El tiempo se esfuma. Llegan a comer y no hay nada que hacer. Hasta luego.
Micaela se desploma sobre el sofá. Silencio.
Micaela.— (Hablando a solas)
Estoy sola, sola, sola. ¿Qué hago yo Dios mio? Nunca me sentí tan sola. ¿A quién acudiría yo? Ni madre, ni suegra. Ni hermanos ni amigos… ¡Si estuviera en el pueblo! Sola, sola de verdad y sin dinero. Con tres hijos que mantener y las cien últimas pesetas en el bolsillo.
Telón.

SEGUNDO CUADRO
La escena ha de ser de una gran naturalidad. Tensa. Nerviosa. Micaela piensa, habla consigo misma y recuerda mezclando unas cosas con otras como cuando se vive realmente.
Cuando recuerda, la escena pierde luz y los reflectores iluminan la silueta y movimientos del hombre a los que acompaña la voz de ella nada más.
Ella queda por ejemplo, mirando un punto fijo. Olmos una llave que actúa cobre la cerradura de la puerta. Entra un hombre. Trae un periódico en la mano. Se sienta en un sillón junto al sofá.. Prepara un cigarrillo, despliega el papel y lee. Un rato de silencio y Micaela revive unos momentos con su voz.
Micaela.—
No entiendo por qué… Siempre estuvimos tan unidos. Era… Un buen padre. Era… Un buen marido. Sensato, .ecuánime, honrado, transigente. ¿Era? ¿Acaso ha muerto? ¡Que gracia! Acaso no lo conocí. Josefina se habrá reído de mi. Decir de un hombre todo eso para… Ecuánime, honrado, sensato, transigente…. Noble…. Dije noble. (Ríe) Son las doce, Tengo todo por hacer. ¿Qué importa?. (Pausa) Pronto vendrán los niños del colegio. Primero Quique ¡Ya le puse la nota al maestro! Luego las niñas ¡Que mal se aguantan sus risas! La felicidad de loe niños tan explosiva, cuando una no es feliz… ¡Cuando se tiene una preocupación seria… Es francamente inaguantable.
(Se pierde en un punto fijo su mirada). Oímos ahora la llave en la cerradura.
Micaela como herida por un rayo se levanta.
Micaela.— (Con destemplanza)
¿No vendrás a comer verdad?
Luis lee atentamente como si no la oyera.
Micaela.—
Supongo que sabes de sobra, que ya no tengo dinero para daros de comer ¿No es cierto?
Luis tranquilamente vuelve la hoja.
Micaela.— (Suavizando el tono)
Esto no puede continuar así Luis. No. ¿Se puede saber que diablos haces con tu sueldo?
Luis fuma y lee.
Micaela.—
Venga Luis. Hablemos claramente. Tranquilos los dos ¿Quieres? (Sin respuesta) La primera semana que no me entregaste el sueldo…. Me cayó mal, me sorprendí, pero… ¡Era la primera vez y habría una causa! Tenía que pagar las vitaminas de la pequeña. ¡Había que comprar zapatos y calcetines a todos!. Bueno… Tú lo sabias ¿no? ¡Te repito las cosas tantas veces!…
Otro largo silencio.
Micaela.-
De haberlo sabido de antemano, de haberlo podido suponer siquiera, tomo mis medidas, mis precauciones, me administro de otra manera, suprimo necesidades. No se… Te hice los cargos y callaste ¡callaste!. Sí estaba. Lo traerías el lunes ¿no?
Silencio.
Chico… ¿Que diablos te ocurre? ¿Te has quedado mudo? ¿Te molesto?
Luis tira el periódico al suelo y tira una olla con su enérgico paso. Luego sale de casa dando un portazo. Se hace más luz y la vemos encogida y un tanto asustada. Al rato se levanta más serena y sigue el hilo de su pensamiento que gira siempre alrededor de lo mismo.
Micaela.—
No es posible. ¡Si al menos encontrara una explicación…
Dos semanas enteras sin darle el sobre con un sueldo. Pero este hombre está mal. ¿Querrá que nos mantengamos del aire?. Estamos viviendo ya de fiado, No cabe otra cosa. ¿Es que no se le ocurre? Esto no puede ser. ¡En cuanto me lo eche la vista encima!… (Silencio)
Ahora Micaela piensa.
No se… ¡Que extraño es todo esto! Muy mala espina me da. Pasan los días y tus cambios de costumbres con ellos. Tu raro semblante. Tu terco silencio. Tu mirada perdida en el vacío. Tu nuevo afán por la lectura. No vienes a comer. (Risa histérica) ¡Claro que si vinieras te encontrarías con un plato de sopa de harina de almortas, nada más! (Silencio)
Y por primera vez…Mi marido… ¡Él!… Pasa una noche fuera de casa. Ahora ya… ¡Que importa! Pero entonces… ¡Mi imaginación se desborda y hace de las suyas por mí! ¡Que bueno! ¡Que vida tan alegre!
Otra vez el ruido de pisadas y la llave en la cerradura. Él, el sillón y el periódico.
Micaela._
¡Tu! ¡Te esperaba!.
_ (Con un nerviosismo contenido)
Luis… ¡Eres un sinvergüenza! Eso. ¡Un sinvergüenza! ¿Creías que no te lo iba a llamar? Te equivocas. Esto tiene que terminar de una vez. De una vez! Mal o bien. ¡Es igual! Mal o bien. ¿Entiendes? ¿Me oyes?
Luis despacio y frío se pone cómodo, fuma y la escucha.
Micaela._
Al grano ¿Qué haces de tu sueldo? No puedo manteneros del aire. No puedo. Se que acudes normalmente a tu trabajo. Me informan que estás haciendo más horas extraordinarias que nunca. Creo que ganas lo que puedes y por donde puedes. ¿Para qué? ¿Para quién? Ya se si, ya se. (Grita) ¡Una mujer! Dilo, dilo… ¡Una mujer! ¡No, no lo digas! ¡Sí, si!
¡Todo me lo dice tu silencio! ¡que este silencio! ¡Este silencio me mata!
Y Luis da vuelta a la hoja. (Vencida y agotada por las últimas frases)
Te aseguro que ya no me importa. te aseguro que eso es lo de menos. Pero oye: ¿es verdad que das a una fulana cualquiera, el pan de tus hijos? ¿Es eso verdad?
Luis vuelve a tirar al suelo el periódico. Sale de la habitación con portazo como la vez anterior. Micaela solloza mientras la escena recobra su luz. Vuelve a continuar sus recuerdos.
La tercera semana opto por un silencio igual al tuyo. Apenas nos vemos y si nos vemos no nos hablamos. Tu… Cada vez vienes menos a casa. No, si te dará vergüenza. Es lo normal. ¿Y tus hijos? ¿Cuánto tiempo hace que no sabes de ellos? ¿Qué no hablas con ellos? ¿Qué no juegas con ellos? ¡A Quique le han dado un sobresaliente en geografía y en lengua! ¿Ya no te importa? ¿Ya no te importa? (Pausa larga)
He ido a la casa de empeños por primera vez ¿sabes? ¡Que novedad! Me sentía gente de mal vivir ¡Que tontería! No… ¡no era solo eso! Comprendí ahora la fuerza de las circunstancias en la manera de obrar de cada cual y… mientras hacía cola les regalé a cada cual, con todo lujo de detalles, su propia historia. El desenlace de todas fue el mismo: ¡Desilusión! ¡Fracaso! Figúrate: ¿Cuánto? ¿Querrás creerlo? Sesenta y cinco pesetas nada más por las medallas del rosario de la bisabuela. Treinta por la sortija aquella que me reglaste. (Llora) Creí que valía tanto. Valía tanto… ¡Tanto valía en mí! ¡Era una joya, un monumento de sortija: ¡Una prueba de amor! ¡Amor: chatarra pura, como la sortija!
Habla ahora cansada y triste, desengañada.
Después se levanta y se anima.
¡Hay que seguir viviendo… Como sea! ¡Como humanamente se pueda! Los niños tienen que seguir comiendo como sea, ¡como sea!. Tienen que seguir yendo al colegio… ¡como sea!. ¿Qué haría yo? ¿Trabajaría? Veamos: ¿Para qué valgo? Para nada. ¿Se hacer algo práctico, efectivo, útil? ¿Qué se hace par ir a buscarlo? ¡Hay que ser para eso, muy dueña se sí misma. Tener aplomo. Estar segura del propio valer. Venderla a cambio de pan. Hoy trabajan las mujeres a montones… No se, no. Yo no pertenezco a mi generación. Estoy fuera. Me liberó o me encadenó el amor. Me casé tan joven. ¿Qué puedo hacer señor? ¡Como no sea fregar, lavar y limpiar! (Llorosa) Siempre presumí de esto, de ser una buena ama de casa. Era lo mío claro. Y era el máximo del saber. Para mí no había secretos. (Se limpia los ojos) Ahora me doy cuenta de lo poco que es, de que eso lo aprenden y lo saben hacer todas. ¡Fregar, lavar, limpiar! Ya se, si, si. Se paga muy bien ahora, ¡maravillosamente! Sin embargo, ¡como cuesta lanzarse a eso! ¡Que duro resulta! (Piensa) ¿No tenía yo un marido? (Risa histérica) En un tiempo yo cosí para mí, cosí, sin método ni oficio. ¡De idea! Tampoco eso me sirve. No se nada. No valgo para nada. No tengo oficio ni beneficio. Y con esta moral… Mucho menos.
Otra vez la llave en la cerradura. Luis con su periódico y el sillón. Baja la luz. (La voz de Micaela es ahora humilde y persuasiva)
Micaela.-
Luis ¡estoy sufriendo! ¡Mucho! ¿Lo sabes, verdad? ¡Voy a caer enferma! No puedo más. ¿Porque no me dices algo, por duro y cruel que te parezca? ¿Por ti no pasan los días? ¿Has medido en la imaginación por un momento la fuerza del tiempo para mi?
Luis vuelve la hoja. Un momento alza la vista y la mira con sorpresa, con extrañeza,
Micaela se pone furiosa:
Pero yo tengo unos derechos ¿no? ¿me los vas a negar? Y unas obligaciones exigentes, y unas necesidades prioritarias, y unos hijos, colegios, vestido, pan… Pan, pan. ¿Me lo niegas? Atrévete a negarlo por lo menos. Dilo hombre, dilo, atrévete a decirlo, anda.
Luis la mira y sonríe con secreta alegría. Se levanta esta vez suavemente, dobla el periódico, lo guarda en el bolsillo y se marcha sin decir adiós y sin dar portazo. (Luz)
Micaela._
Callas, siempre callas. Y te vas. siempre te vas. ¿Quién dijo calma y paciencia? Palabras necias que solamente sirven para doblegarle a una y obligarle a aguntarse a viva fuerza. ¡Una mejer sí! No soy más que una mujer. sin títulos, sin medios particulares de fortuna. Sin padrinos, sin familia. ¡Una mujer! ¡La tuya! Poco o nada si tu no me defiendes. Y a una mujer nada más la vence otra, la vence cualquiera. Solo en ti podía encontrar la fuerza que lo impidiera.
Micaela se sienta, se levanta, su inquietud no la deja parar un momento.
Si, eso mismo. Me han vencido. Me han anulado: Ya no soy nada ni nadie para él. Hasta la palabra madre ha desaparecido de tu conciencia.
Vueltas y vueltas…
¿Y tus hijos?. No lo hubiera creído jamás. ¿Hay algo más fuerte, más imperioso y más esclavo que unos hijos? ¿No es perfecta la ley de la naturaleza que tira, fuerza, obliga… ¿Y Dios? ¿Que haces con Dios? ¿Y la ley de Dios que nos unió? ¿Y el contrato matrimonial mediante un Sacramento?
Inconsciente, como regida por la fuerza de la costumbre, empieza a ordenar y limpiar la habitación mientras repite:
¡Una mujer! Nada más que una mujer. (Y como encontrando adecuada respuesta) ¡La tuya! ¡La tuya!
¡Una mujer! ¡No soy más que una mujer! Nada más que una mujer, pero la tuya. ¡La tuya!
TELÓN
TERCER CUADRO.
Un niño de unos diez o doce años, alegre, simpático y nervioso, entra como una bala, en el comedor vacío, con una pelota que no deja de votar ni un momento, Todo en él es fuerza vital.
Es Quique, el hijo mayor de Micaela, que vuelve del colegio.
Quique._
¡Mamá! ¡Hurra! ¡Viva! ¡Viva yo! ¡Mamá…mamaita! ¿Sabes la noticia? Bueno ¡es un notición! (Pelota al aire. Pelota contra la pared) Hemos ganado el partido de balóncesto. ¡Ha ganado mi equipo! He metido canasta tres veces. ¡Tres veces!
¡Viva! ¡Alavín, alavín, bpon.bim… (Canta) ¡Somos unos tíos grandes! ¡Unos machotes! ¡Unos jabatos! ¡Somos los amos del colegio! ¡Nadie nos gana! ¡Nadie nos vence! Alavín, alabán… etc.
La pelota cruza la habitación cerca de la puerta central. Canta.
Quique._
Lara, la, lala, lara la… ¡Huy! ¡Arrea! Casi hago gol en las bombillas. ¡Que bruto soy! ¡Viva yo! ¡Viva mi equipo!
Para un momento y empieza a abrir cajones.
Ya lo dije yo, mamá: ¡Les ganamos como sea, pero les ganamos! Se sabía, hombre. Se veía venir. Son unos patanes. (Ríe) Dice mi compañero de mesa que son unos patanes porque resbalan, se caen y pierden juego ¡que bueno! Pero, ¿sabes, mamá? Se me ha desarrollado el estómago a carrera limpia. Y bien limpia. ¡Mira! ¿Que se puede tragar en esta casa?
La madre desde el umbral le contempla tristemente. Su gesto refleja el gran disgusto.
Quique.-
¡Hola! (Se corta un tanto al mirarla) Pues sí, ni te enteras. ¡Que pasa! ¿Que tal por la luna, mamaíta?
Micaela._
¡Quieto niño, quieto! ¡Por favor! No te muevas tanto. No grites. No cantes. No hagas ruido. ¡Deja esa pelota por… Por lo que más quieras! Mira que tengo los nervios rotos.
Quique._
¿Rotos? ¿Y estás viva?
Micaela._
A punto de romperse. No puedo con los ruidos, con los sustos, los brincos. No lo resisto. Me sobresalto. (Entra dentro) ¿Comer? No me hables de comer. No hay nada, nada de nada. No he ido a la compra nene.
Quique._ (Con las manos a la cabeza)
¡Mi abuela! ¡Como andan las cosas en esta casa! ¿Es que vamos a terminar por mantenernos del aire? ¿Pero que ocurre? Oye mami: ¡A lo mejor nos pasa lo del amo del burro aquel… Si hombre; que cuando ya se estaba acostumbrando a no comer, el tonto va y muere! (Carcajada) Figúrate, ¡vaya sorpresita la del dueño, con el negocio que pensaba hacer con él!
Micaela emite un gruñido que acaba en suspiro.
Micaela.-
Hijo, no me encuentro bien. Creo que estoy enferma. No se que tengo. ¿Quieres bajar a la compra? Si, es mejor, ¿lo harás bien?
Quique._
Hombre madre. ¡Vaya cosa! Eso no es problema. Yo soy un “as” comprando. ¡A mí no me engaña un tendero tan así como así. Venga la pasta, las pelas. ¿Me dejas picar de camino mamaíta? ¡Me estoy muriendo de hambre!
Micaela muy despacio vuelve al mismo cajón aparador y saca el billete de cien pesetas. Contempla. Se decide.
Micaela._
Toma hijo mío. Menos mal que tu, ya e vales para todo. (Para sí misma) Y mañana Dios dirá. Guárdalo bien.
De pronto acosada por un pensamiento coge al crío por los hombros y le mira fijamente.
Micaela.-
Atiende hijo. Date cuenta de lo que te estoy diciendo. Estas cien pesetas es todo cuanto hay en casa. Es todo lo que tengo. Tu padre… tu padre no puede traer dinero ahora, porque está a descuento y eso. Mira, tus hermanas están a punto de llegar de la escuela. Hay que hacer aún la comida. Así que ¡date prisa! Escucha: como lo pierdas ¡te mato! ¿Te enteras bien de lo que te digo? ¡Te mato! ¡Es todo cuanto tengo! ¡Lo último que me queda!
Quique._
¡Venga hombre, venga ya! No te pongas trágica mami. No hay motivo. He bajado a la tienda con billetes de a mil y no ha pasado nada.
Micaela._
Sin embargo yo te estoy hablando en serio Quique. Muy en serio. Subes dos kilos de patatas. Una lata de sardinas en aceite, medio kilo de tomates y una lechuga.
Quique._
¿Y el pan que?
Micaela._
Y el pan. ¿Enterado?
Quique.-(Bromista y machacón)
¡Vale! Menú: Patatas con sardinas, sardinas con tomates, tomates con lechugas, lechugas con tomates. Mami, este menú se queda corto y flojucho. No hay manera de estirarlo ni de combinarlo. Además no suena bien. No tiene categoría, verás: Lechuga con sardinas, patatas con tomates…
Micaela._
Hijo, ¡deja las tonterías por favor! ¡Que no las aguanto!
Quique con el dinero apuñado aún, se dispone a salir no sin antes haber cogido la pelota.
Tienes mucho cuidado con las vueltas. Mira bien que no se equivoquen o te engañen. Que no te den las patatas asalchichonadas. Que no te den los tomates blandos que son para crudos.
Quique.-
¡Toma! ¡Eso quisiera yo! Pero con salchichón auténtico. ¡Pues si señor! ¡Agüita se me hace la boca! ¡Con el hambre que yo gasto!
Micaela._
No seas fresco. No seas sinvergüenza. Respeta. Los tiempos hay que tomarlos conforme el viento los trae, (Pausa) ¡Vamos, vamos! Dichosa pelota ¡coo me excita! Venga, guarda ese dinero en el bolsillo o llévalo bien apuñado. Asegúrate a cada instante que lo tienes. No lo vayas a perder. Mira que es todo lo que tengo, hasta,,, hasta ver si se resuelven los asuntos de tu padre. Anda, voy a preparar la lumbre y en un periquete resuelvo la papeleta.
Quique._
Está bien mamá. Vuelvo volando. “Patatas con sardinas, alavín”
El niño se dirige a la puerta y la madre a la cocina.
Micaela._
¡Por Dios no me lo pierdas que te mato! ¡Mira que te lo digo en serio! ¡Te mato!
Quique._
Vale. Entendido. Enterado. (Canta) “Es el último día de mi vida” “De mi vida, de mi vida” Alavín.(Un portazo) Alavín, bom, bam…
Desde el centro de escena a la puerta veremos que Quique, sigue pendiente con una mano del juego y de la pelota y con la otra hace ademán de meter el billete en el bolsillo. Mas la mano resbala varias veces, como si no lo encontrara a punto. así sale de la habitación, da el portazo y brinca por las escaleras.
Al rato Micaela vuelve a salir al comedor como quien busca algo sin saber exactamente el qué. Sus pensamientos la tienen nerviosa y excitada y sus reflexiones la calientan más y más cada momento.
Micaela._
No merezco esta conducta, no. Claro que no. ¡No y no! (Pausa) Jamás hizo cosa igual. Castigarme con el silencio. Vengarse ¿de qué? No entregarme el sobre con el jornal. ¡Es para matarlo! Por supuesto, eso está haciendo él conmigo, asesinarme por la espalda. Y que despreciada me siento con su proceder. ¡Que humillada! (Suspira)¡Si yo pudiera ganarlo de alguna manera! Me iba de aquí, no volvía a tomar ni cinco de sus manos. ¡Ni engarzado en oro tomaría nada suyo! Para siempre saldría yo de aquí con todos mis hijos, ¡que se habrá creido el niño este! (Pausa) Yo me vuelvo loca ¿que hago? ¿que camino me queda? Por donde tiro? (Pausa) (Con ira) Tu te sientes muy fuerte, muy hombre, dando portazos o tirando un chisme al suelo ¿verdad? Pues bien: yo soy más que tu, mira:
Y estampa contra el suelo un plato, un vaso, un cojín y un jarroncito. Con el gracioso temor de la ahorradora que tira la casa por la ventana.
Micaela._
¡Pues claro! Esto acaba de una vez o cometo un disparate.
En este momento entra Quique como una flecha y se pone a rebuscar por todas partes y se alarma al ver los chismes rotos. Disimula su miedo.
Quique._
Mamá ¿lo has visto? Se ha tenido que caer aquí, aquí mismo.
Micaela._ (Sin querer pensar ni creer)
¿Qu diablos buscas? Lárgate.
Quique._
Pues yo diría que… tuvo que ser por aquí. ¡Huy que feo está esto mamá ¿de verdad que no lo has visto?
Micaela._
¿Yo? (Brusco cambio de tono) ¿Que dices chico? ¿El qué?
Quique._ (Muy cariñoso)
El billete mamaina, Las cien pelas mami.
Micaela._
¡Pero que dices demonio! ¿El, el… último billete?
Quique._
Sí, eso, parece que al ir a meterlo en el bolsillo se me escurrió y mira (sacando el forro del bolsillo) ¿lo ves? nada. Por muchas veces que lo mire ¡nada y nada! ¡Que lío! ¿Como compro las sardinas esas ahora? ¡Pues si que la hice yo buena!
Micaela comprende y su expresión cambia. se pone loca. Toda la rabia y toda la humillación que padece, explota en gritos de histérica.
Micaela.(Suavemente) Oye nene: ¿No te dije que te mataría si lo perdías? ¿No te acuerdas? (Se concentra vengativa) Quique.
Bueno. Ya aparecerá madre. (El niño se defiende en la palabra “no”). No se como pudo haber sido esto. El caso es que no está, no aparece. ¡Ni que se le hubiera tragado la tierra! Nada. No hay nada que hacer. Ni en camino, ni en las escaleras, ni aquí… (Bromea tímido) Que ni por estas, ni por las otras. Estamos bien, yo que llego a la tienda tan confiado y…
Micaela concentra su ira aún. Respira mal.
Micaela._
No. Aún no lo creo. No es posible. (Y le llama chico para defenderse del instinto maternal) ¿Quieres decir chico, que has perdido el único dinero que quedaba en casa?
¿Y has sido tu? ¿Tu en quien yo tanto confiaba? ¿Quieres decir que nos has dejado a todos sin comer? ¿Quieres decir que no me prestaste atención cuando te lo advertí? ¡Que quieres decir chico! ¡Maldito! ¡Maldito bicho! Golfo. Entonces ¿tengo que matarte no? ¿Quieres decir que ahora tengo que matarte? No. Matarte es poco. Descuartizar chico.
Se lanza sobre él y empieza la persecución. El niño huye amparándose en la mesa. Como los movimientos del niño son más rápidos ella enrabia más.
¡Verás tu la que te espera! ¡Me las pagarás todas juntas! Te cogeré, te daré sin tino, te mataré ahora mismo.
Quique._ (Empeñado en restar importancia)
Pero madre ¿Qué te pasa? Venga hombre ¡venga ya! No es para tanto. Pues vaya cosa. ¡Madre! ¡No te pongas así madre! No me mires así madre. Nunca te he visto así. Venga, que me matas. ¡Madre! ¡Madre!
Uno huyendo y otra persiguiendo dan tensión a la escena.
Micaela._
Calla. No hables. Sinvergüenza. Irresponsable! ¡Mal hijo! ¡Si voy a matarte hijo! ¡A matarte! Prepárate. Te lo dije ¿no? Te avisé. ¿No es nuevo verdad? ¡Mis cien últimas pesetas! ¡Mis cien pesetas!
Quique._
Nunca te he visto así madre. Total por nada. ¡Por cien pesetas! Cien pesetas que no valen para nada. Para sardinas y patatas nada más madre. ¿Quieres, quieres que te las gene a los chinos? Déjame bajar a la calle verás que pronto te las traigo. ¡Madre, por Dios. Cálmate, por favor!
Y Micaela desesperada porque no le coge se lanza sobre la mesa y le agarra por la manga del jersey. El chico hace un violento movimiento y se suelta con tan mala fortuna que va dando traspiés para atrás, hasta caer al suelo por culpa de una silla que cae con él. El niño al caer se da un mal golpe en la cabeza con la misma silla y queda como sin sentido.
Al instante el instinto materno se apodera de Micaela con toda su avasalladora fuerza.
Micaela._
¡Aaay! ¡Mi hijo! ¡Quique! ¡Mi niño! ¡Hijo, hijo mío! (Se lanza sobre él para atenderle) Nene, mi niño, levanta hijo, levanta. ¿Qué te ocurre hijo mío? ¡No me asustes por Dios! ¿Qué tienes? ¡Dios! ¡Niño mío! ¿Qué es lo que ocurre? Mi hijo, no se mueve mi hijo, no… yo, (Como una borracha Micaela se pone en pie) ¡Que he hecho yo? ¡Lo he matado! Yo, su madre.
Se inclina de nuevo. Le mueve. Intenta levantarlo. El cuerpo inanimado se la escapa. Lo acaricia con reverencia y le da un beso en la frente.
Micaela._
Entonces yo soy una asesina. acabo de ascender de categoría. ¡He pasado a la categoría de criminal! ¡Infanticida! (Al público) ¡he matado señores! ¡He matado a mi hijo! (Con excesiva frialdad) ¡A ella, a la asesina! ¡Hay que detenerla! ¡Debe ir a la cárcel! ¡A la cárcel, a la cárcel!
Se acerca al teléfono y marca.
¿Policía? Sí. A la policía. ¡Acudan enseguida! Virgen del valle número doce. Eso. Exacto! ¡Que va a ocurrir! Casi nada. ¡Una mujer que acaba de matar a su hijo! Cruelmente, alevosamente, canallescamente. Debe ir a la cárcel. ¡A la cárcel! Vengan pronto por favor. (Cuelga y pasea) Ya está. No te preocupes mujer. Dentro de unos momentos todo estará en regla. Todo en orden.
(Empieza a gritar) ¡Quique, hijo, hijo! ¿Sabes que me he vuelto loca? Ya lo veía venir. ¡Señor, Señor, gracias, gracias Señor! ¡Que gran consuelo me mandas! Yo no soy criminal. Soy una pobre loca nada más, ¡una pobre loca! (Ríe y llora)
Y vuelve al teléfono para marcar número. ¿Leganés? ¿El psiquiátrico? Si, por favor. ¡Una mujer que está loca! Traiga camisa de fuerza. ¡Por si acaso! Lo digo porque en un ataque de locura acaba de matar a su hijo. ¡A su propio hijo! (Cuelga)
Va hacia el balcón lo abre y grita:
¡Pronto! ¡Pronto! ¡A mí! ¡Atarme! ¡Pegarme! ¡Soy asesina! Estoy loca. ¡He matado a mi hijo!
Josefina._ (Entrando)
¡Por todos los santos del cielo! ¿Que le ocurre, mujer? ¿Que pasa? ¿A que viene este escándalo?
Micaela._
‘Lo he matado! ¿Lo ve? Allí, (Señala) Total nada. Me ha perdido cien pesetas y lo he matado. Nada. Total: nada.
Josefina va directa al niño.
Josefina._
¡No diga tonterías mujer! Está desvanecido. Eso es todo. Traiga agua. ¡Pronto! ¡Vinagre! Vamos, ¡Hay que hacerle la respiración artificial! ¡Agua! Hay que hacer algo. Llame a la casa de socorro. ¡Muévase, demonio?
Micaela._
No queda nada por hacer. (Fría y erguida) Lo he matado.
Entran dos vecinos más. Mujer y hombre.
Vecino.-
¿Se puede saber que pasa aquí?
Vecina.-
¡Dios mío! ¡Algo muy malo! ¿A que sí? ¿No te lo decía yo?
Josefina._
Ayúdame. No se que hacer. Corre prisa. ¡Hay que llamar a una clínica de urgencia! Una ambulancia! ¡La casa de socorro! Donde sea pero con premura.
Vecino._
¡Que pasa! Vamos a ver ese crío que tiene.
Los tres se acercan, y de rodillas lo atienden. Aflojan sus ropas, le dan friegas en el vientre. Le hacen la respiración artificial. Una torta en la cara etc.
Micaela._
¡Que pasa! ¡Que pasa! Nada, nada, que he matado a mi hijo.
Vecina._ (Asustada)
¡Ay madre! Que si, me parece que si, que está muerto de verdad.
Josefina.-
Eso me temo pero ¡podía ser un colapso!
Vecino._
Pero, ¿Porqué? ¿Cómo ha sido? ¿Que ha pasado?
Micaela.-
¡Por cien pesetas! Todo por cien cochinas pesetas. ¿Verdad que si Josefina?
Josefina.-
No lo creo Micaela. ¿Hasta ese punto? Por cien pesetas. ¿No me ofrecí yo? No se, ¿Acaso no me ofrecí? ¡Dios mío, perdón!
En este momento oímos la sirena del coche de policía. Todos quedan suspensos.
Suben las escaleras. Llaman a la puerta. Nadie se mueve y ellos pasan. Entran dos policías y un guardia callejero.
Policía._ (Haciéndose cargo de la situación)
¿Ha sido usted, verdad? ¿Quién avisó a la policía?
Micaela.-
He sido yo.
Policía._
Muy bien. ¿Quiere usted acompañarnos?
Micaela._ (Avivando)
Naturalmente señor guardia. ¿No lo hice yo? ¡Pues a pagar las consecuencias! (Se retira un momento y regresa con un abrigo sobre sus hombros) ¡Vámonos señor guardia, señor policía, o lo que sea! Vamos. Espere. Me parece que se me olvida algo. No se que. ¿Me permite? ¡Ah, ya! Voy a cerrar la llave del gas no se vayan a intoxicar las niñas. ¡Cuando hay niños!
(Todos la miran asombrados. Ella entra y sale de nuevo)
Policía._
¿Vamos?
Micaela._
Vamos. Adiós hijo. Hasta pronto.
Policía._ (Al otro compañero)
¡Caramba con la mujer esta! ¡Lo toma como café con leche! ¿Verdad?
Policía 2º._
En efecto. (A ella) Es usted dura señora. ¿Corazón de pedernal?
Micaela los mira a todos un instante con fijeza. Luego al hijo tendido en el suelo. Sonríe.
Micaela._
Mucho. Figúrese señor guardia. Dura sí. Acaba usted de encontrar una explicación a lo sucedido.
(Situada en medio de la escena y de cara al público, cruzando las manos sobre el pecho y con un gesto de incomprendida y honda amargura, continua)
¡Era el mayor! ¡El primero! ¡Era el hijo de la mejor ilusión! ¡Era el que viene a deseo! Porque se le desea y porque se desea. ¡Era el que viene a deseo! ¡El esperado! ¡El hijo del amor!
(Para sí misma con una emoción de lágrimas)
¡El hijo del amor! ¿Se da usted cuenta señor guardia? (Mirando a uno y a otro) ¿Se entera bien señor policía? Era vivo entre mil. Inteligente y fino. Noble y generoso. Tenía los ojos muy negros y muy dulces. ¡Ojos de niño Jesús! y los dientes ¡Tan blancos! (Su mirada se extravía de dolor) Color de perla marina. Y su cuerpo, ¡Un cuerpo modelado para el amor, sin un solo fallo de ilusión y sentimiento! ¡Y su pelo oloroso y natural! Para ser acariciado siempre. (Silencio expectante)
Yo le crié como a un príncipe señor policía. ¿Como a un príncipe? He dicho una tontería. ¡Una vulgar tontería! ¡Tienen muy poca categoría las cunas de todos los príncipes de la tierra al lado de la cuna de este niño! ¡Mi hijo y el suyo! ¿Se da cuenta lo que significa eso, señor guardia?
Silencio. ¡Noches de desvelo! ¡Noches de angustia! ¡Que vida tan importante y que vida tan delicada! Cualquier mal viento podría llevárselo, arrebatarlo de mis brazos débiles, ¡cortar de un soplo su vida para siempre! ¡Para siempre! (Pausa) ¡Cuando se desarropaba por las noches, cuando el más leve dolor le molestaba! cuando se irritaba tan solo, su cutis de fina piel, ¡mi cariño, mi ternura, mi canción, mi pasión se quebraba a flor de labio, a flor de piel estremecida, ¡de dolor o de emoción…!
Se cubre un momento la cara con las manos.
Y sus noches de fiebre… Crecía y corría como ninguno. Porque en todo siempre llevaba ventaja. Era juguetón, valiente y alegre. Él daba fuerza y vigor a las ansias de vivir. Yo sabía, aquí (Pone la mano en el corazón) en el centro del amor humano, que él y solo él, era la causa de mi vida, la clave de mi existencia. Yo sabía que había tenido que nacer para él, para que la vida fuera vida, que había nacido él para que siempre fuera hermosa y fuerte la razón de continuidad. La razón de vivir.
(Silencio y angustia. Mira a los lados. Teme.)
Soñaba para él un mundo mejor. Otro paraíso terrenal. Y que merecía. Si no existiera se lo crearía solamente la fuerza de mi deseo. ¿Sabe usted lo que es un hijo señor guardia? ¿Lo sabe usted señor policía? No se, lo dudo. ¡No todos los que tienen hijos saben lo que es un hijo. (Pensando) Llegar al verdadero fondo del secreto es un privilegio.
Yo estaba convencida de que todo lo bueno, todo lo grande, todo lo hermoso, existía en la tierra solamente para él. Para que él la gozara, la contemplara, la regalara, la enriqueciera, ¿la amara? ¡Sí!
(Gritando ya)
¡Y lo he matado señor guardia! ¡Lo he matado señor policía! Yo, su madre. ¡Yo! ¡He sido yo! (Más alto) ¡He matado a mi hijo! ¡He matado a mi hijo!
Todos están muy emocionados. Las mujeres llorosas. Los policías la miran con respeto y observan cierta distancia de ella! El vecino toma al niño en sus brazos y con verdadera fruición lo coloca sobre el sofá. Todo amor, todo delicadeza. Micaela corta de nuevo el silencio.
Micaela._
Venga señores ¿Qué esperamos? ¿Qué vengan los loqueros? (Sonríe) Eso después. Primero: la justicia humana. ¡Hay que pagar al mundo porque el mundo la necesita!¡Pagar o no deber! Después el manicomio. No queda más. Es decir si… Pasadas las fronteras dicen que la justicia divina. Pero ¡Un momento por favor! Tengo que cerrar el gas, no se intoxiquen las niñas. (Quejido de dolor) ¡Pobrecitas! ¡Pobrecitas! Las han matado a su hermano. Las han matado a su madre. (Sentenciosa) A sufrir hijas mías. ¡A sufrir! ¡Que remedio! ¡A sufrir, que habéis nacido mujeres! ¡A sufrir!
Y vayámonos señor guardia. ¡Que puede importar el gas! Adiós hijo. Hasta siempre. Adiós.
TELÓN
CUARTO CUADRO
La misma habitación. El niño muerto en el sofá con un brazo caido. Tres mujeres, vecinas, velan el cadáver, Josefina, Juana y Luisa. Han corrido la mesa hacia un lado y en ella han instalado un altar con cinco lamparillas.
Josefina._ (Suspirando)
Fueron a avisar al padre ¿verdad?
Juana._ (Bostezando)
Ya lo encontraron. ¿Dónde habrá ido a coer? Han dado aviso al taller donde trabaja. Como entran a las tres, supongo…
Luisa._
Hablaron de prepararle un poco antes. ¿Lo harán?
Josefina._ (Encogiéndose de hombros)
Después de todo no tiene por qué sorprenderse. Algo tenía que ocurrir dada la situación. Se presentía ¡se veía llegar! si, se calaba en el ambiente.
Luisa._
A mi tampoco me llegó nada. Claro que desde abajo, así que me quedé de piedra.
Josefina._
¡Pues la culpa es de él y nada más que él!
Juana.-
¡Vaya usted a saber! Cada casa tiene su misterio que desde fuera parece un laberinto. Se opina, se inventa, pero de eso a llegar a descifrarlo…
Luisa.-
¡Cosas de la vida! ¡Ay la vida!… Que se trae cada sorpresa.
Josefina._
¿Pero es que no las he contado como ha sido esto? Más claro agua. Un culpable él. Una desgraciada la que lo soporta. Una víctima: el niño. Como siempre ¡los hijos purgan por los padres!
Juana._
¡Bah! ¡Estaría de Dios!
Josefina._
¿Puede haber (…) sus deberes familiares y no entregar el jornal a la mujer? ¡Eso es lo último! ¡Muy serio amigas, muy serio!
Juana._
Mujer, dice el refrán “De la casa de nadie que no hable nadie porque no sabe nadie lo que le pasa a nadie”
Luisa.-
Eso no es un refrán, es una retahíla de viejos.
Juana._
Los viejos escriben frases para el pueblo con palabras. Las palabras de los viejos son sentencias. Lo cierto es que de esto (señala al niño) nosotras no sabemos en realidad nada.
Josefina._
Ustedes no, pero yo, sí.
Luisa._
¡Vaya!
Se oyen fuertes y enérgicas pisadas de hombre. Es Luis que llega indignado, herido, brusco. Enfrenta a las mujeres como si le molestaran. Ellas denotan susto y nervios. No saben que hacer. Se encuentran violentas e incómodas.
Juana._ (Levantándose)
Lo sentimos mucho Luis.
Luis oculta la expresión y vuelve la cabeza.
Luisa._ (Sentada)
La acompaño en el sentimiento. ¡Que desgracia Luis!
Luis._ (Muy seco)
Muy bien, bien, gracias.
Josefina._
Nadie se ha ocupado de nada Luis. Le estábamos esperando.
Luis._
¡Bueno y qué…!
Lo dice con el tono de “a usted que le importa”. Se evade y va directo al sofá sobre el que queda clavado. Ellas entonces violentísimas se despiden.
Luisa._
Bueno, me voy ¡tengo un cesto de ropa por planchar!
Josefina._
Y yo, que empecé a lavar esta mañana y todo lo tengo a medias, con estas cosas…
Juana._
¿Hace frío, verdad? No se, es sin duda la humedad del otoño, que cala los huesos. Es cuando más se nota el frío. ¡Como no estamos acostumbrados a él! Voy al calor de mi cocinita. ¿Pasa usted conmigo, Juana?
Haciéndose señas y muecas significativas, se ponen de pie y salen de la casa con un adiós sin respuesta, Luis queda entonces solo con el hijo.
Josefina.-
Adiós Luis, si me necesitas no vaciles en llamar.
Luisa._
Hasta luego.
Juana._
Cuando Jaime regrese del trabajo se lo mandaré Luis. Adiós.
Luis liberado, saca un cigarrillo y se pone a pasear concentrado. Un rato. Oiremos de próximas estancias en una radio, una canción de cuna. La sensibilidad de Luis se ablanda y el sentimiento estalla.
Luis._
No. No es verdad. No puede ser. Esto es una pesadilla.
Pasea. Se pasa la mano por la frente.
Luis._
Todo acabará, acabará bien. Todo pasará. No puedo esperar otra cosa. Esto es un mal sueño. Una fuerte pesadilla, no…
Y se enfrenta con el hijo.
¿Como? ¿Mi hijo? ¿Él? Vamos nene, no bromees. Despierta.¿Despierta! ¡Vamos a empezar un nuevo día ¿Quieres? Espera, (Busca un cenicero. Cambia el pitillo. Se sobresalta. Se domina y continua) (Volviéndose y dando a las frases un tono alegre y jovial) Quique; estoy contento contigo. Ya se que llevas tres sobresalientes en el trimestre. ¡Eres un buen chico! ‘Te portas! No está mal, no, ¡Pero hay que hacer más, mucho más. En esta época en que vivimos, un chico vivo y despierto como tu, tiene mucho campo, pero difícil. ¡No podemos dormirnos Quique, ni tu ni yo. (Emocionado) Ya sabes Quique que cuando te portas bien, papá es el mejor amigo tuyo. ¿Verdad que lo sabes? Vaya chico ¡estoy contento! ¡Nada menos que tres sobresalientes y sin matarte, con facilidad, pero sin abandonar ni un poco ¿estamos? Si me sacas la media de siete en el curso, ¡habrá de todo! ¡Cuenta con ello! (Sonríe) Ahora ya puede ser. Mecano, bicicleta, guiñol, marionetas. ¡Todo! Te lo prometo. ¡Aunque tenga que hacer, como ahora, cabriolas en el aire!.
Un rato de silencio en el que pasea a grandes zancadas.
Bueno. Tu y yo nos entendemos bien. Podemos hablar de hombre a hombre ¿verdad? Ya lo sabía. (Pausa) ¿Sabes hijo? (Pausa) ¡Estas mujeres! (Pausa) Aunque seas muy niño voy a darte un consejo para cuando seas hombre. Es un buen consejo, un sabio consejo, no lo olvides. (Pausa) ¡Nunca, nunca, jamás, jamás, (Falla la voz) dejes a tu mujer en casa sin dinero o con muy poco dinero. Las mujeres requieren dinero, necesitan dinero y hay que darles dinero. ¡Dárselo! ¡Como sea! Si lo saben administrar ¡suerte! como dicen los moros. Si no lo saben administrar ¡suerte también!. A una mujer buena o regular, torpe o lista, fea o guapa, original o mediocre, ¡hay que darla dinero. Puedas o no puedas ¡Sin explicaciones! Pase lo que pase. ¡Sea cuestión de vida o muerte! A ella no la tiene que faltar nunca porque…
El hombre inclina la cabeza herido. Luego habla con ella y se lamenta:
¡Total por eso! ¡Total por eso! Porque no tenías dinero. ¡Vaya una cosa! ¡Di ne ro! ¿Que lo necesitabas? ¿Que si tenías obligaciones que cumplir?¿Poner la comida en los platos? ¡Vaya una importancia que le das al caso! ¡Y qué! ¡Como si no hubiera mujeres en el mundo sin dinero que tienen que dar de comer a una familia! Las necesidades urgentes siempre pueden resolverse. Todo tiene arreglo menos, menos… ¡Pues no hay pobres y pobres mujer! ¡Pobres vergonzantes! ¡Y todo ese haz de la calle, que se (…) al azar de la peseta diaria, y que la mayoría de las veces llega, llega a la hora precisa. Claro que llega. ¿Y qué? ¿Tienen hijos, no? ¡Seis, ocho, diez! ¡Falta de fe mujer! ¡Falta de fe, eso es todo! ¿Qué es la impaciencia di, sino falta de fe? Y sin fe ¿Qué se resuelve? Nada. Sin fe se cierran todos los caminos. Fe en ti, mujer. Fe en la vida. Fe en mí, mujer. Fe en Dios. ¡en Dios!
De nuevo el silencio. Las facciones se le van descomponiendo hasta llegar al acceso.
¡Yo no! ¡Tu no puedes haber llegado a tanto! ¡No, no! ¡Ni siquiera loca podrías llegar a tanto! Yo te conozco. Te conozco. Yo lo se. Yo se que clase de madre eres. Yo se que toda tu furia se rinde ante el primer azote. Yo se que toda tu rabia en gritos, la desahogan tus labios. Y no me lo creeré nunca. aunque me lo jures. Aunque me lo jures. (Larga pausa)
¿Todo por el dinero? ¿Por el miserable y ruin dinero? ¿Tu? ¿Pero tu? ¿Acaso no recuerdas lo felices que fuimos cuando nada tuvimos? No tenemos apenas necesidades, ni caprichos, ni vicios. ¿Acaso miento? ¿No nos emborrachábamos de sol, de agua, de verde, de crepúsculo, de juventud y de gana de reír de todo y por todo? ¿No lo recuerdas? ¿Es posible que no lo haya ido creando la vida hasta llegar a esta situación, tu y yo, por culpa del dinero?
Con desesperación se mete la mano en todos los bolsillos, gabardina, americana, pantalón. de cada uno de estos van saliendo billetes que arroja rabioso en el suelo.
¡Toma hijo. Dinero. Te voy a dar dinero para que la compres. ¡Dinero, mucho , mucho dinero! Ten, ten, toma más. Págala hijo. Dala todo cuanto quiera. Más de lo que quiera. ¡apedréala con billetes! ¡Así, así, más…!
Se mesa los cabellos. Da puñetazos sobre la mesa. Oscilan las lamparillas. La tarde empieza a caer. Baja la luz. Rendido saca la cartera del bolsillo de pecho de la aericana y de ella sale un buen fajo de billetes de mil.
¡Toma para ella. Para tus estudios. Para mis hijas. Para ella, ¡Lo que no ha tenido nunca. ¡Lo que nunca se atrevió a soñar! ¡Lo que jamás hubiera llegado a pedirme! Dáselo hijo, todo ¡y que se calle de una vez! ¡Que se calle! ¡y que se calme! ¡Y que lo deje ya!
Luis observa que circunstancialmente, un billete de cien pesetas ha quedado sujeto de la mano del niño que cuelga . Al reparar en ello se estremece y retrocede temblando.
¡Hijo! ¡Hijo! ¡Estás muerto! ¿Quién te ha matado? ¿Quién te ha matado? ¿Tu madre? ¿Tu padre? ¿La duda? ¿La desesperanza? ¿La pasión? ¿La circunstancia? ¿El destino? ¿El castigo del cielo? ¿Los accidentes? ¿La vida? ¿Yo? ¿Yo? yo, yo…
Y Luis también empieza a gritar:
¡He matado a mi hijo! ¡He matado a mi hijo!
Luego sordamente se lo repite mientras cae en su sillón.
En este momento la portera llama a la puerta y al no recibir contestación se asoma y entra decididamente. Luis mudo, intimidado y quieto.
Portera._
¿Puedo pasar? ¿Se puede? ¿Que sí? ¿Pase? Buenas tardes Luis. Pero Dios mío ¡como le dejan tan solo! Y sin luz. ¿La doy? ¿No repara usted que está anocheciendo? (Luis calla) Bueno ¡puede usted obrar a su gusto. Después de todo en su derecho está. Pues, verá usted, yo venía…
El momento es difícil por el mutismo de él.
Perdone usted. Si le molesto. Bueno ¡es un momentín! Estaba barriendo un poco las escaleras, -que con estos jaleos hoy se han pisado más de la cuenta- y la verdad ¡estaban perdiditas! Cuando, verá usted, aquí, junto a su puerta, en el descansillo de la escalera ¿sabe? Voy y me encuentro este papel, tan dobladito. Me inclino a recogerlo y ¡Santo Dios! ¡Un billete de a cien! Con que trabaja un poco mi meollo, ¡Que una no tie un solo pelo de tonta! y ¡vamos! ¡Lo que son las cosas. ¡Bendito sea Dios! ¿Como usted no cae en lo que quiero decirle?
Luis sigue mudo, pálido, inmóvil. La escena se oscurece bastante. Las lamparillas dan extraño y lúgubre aspecto a la habitación.
Mire hombre, mire: Este es el billete de a cien, que le dio a Quique la Micaela, bueno, la seña Micaela, esta misma mañana, pa que hiciera la compra, si, por aquello de que ella estaba disgustá y no quería salir de casa. Ya ve hombre ¡los recaos de los críos! ¡La comodidad nos pierde! En fin ¿Se da cuenta ahora? (Pausa larga) ¡Toma! ¡Diablos! ¡el billete que al niño le costó la vida! ¡Un hijo por un billete de a cien! ¿Lo ve? ¡Mire, mire! Se conoce que el niño jugando como siempre, brincando y rebotando la pelota aquí y allí, ¡Como hacía siempre, que no paraba con aquellos nervios y aquella vida! En los totales hijo, que el chico creyó que lo metía en el bolsillo, escurrió y cayó al suelo. Por culpa de la pelota. Y también de la obsesión de su madre -que toas sabíamos andaba mal de dinero- ¡Que estaría de pasar, las circunstancias, o eso de “casamiento y mortaja del cielo bajan» Yo que se, bueno tome, ¡es suyo!
Luis se levanta sin quererlo ver y señala la puerta con energía de gestos.
No se enfade conmigo hombre. No lo tome así. Si no lo quiere ya no digo nada. Me lo llevo y listo. Si yo comprendo que le tenga rabia. No crea que lo quiero pa mi, ¡Quita, quita! ¡Si parece que quema! ¡Es brujo! ¡El billete asesino! Yo lo quemaré ahora mismito. No vaya usted a creer que lo pienso emplear.
Como el estado de Luis la impresiona sigue: ¡vaya, vaya, ya me voy. Se está poniendo malo. No tome las cosas así. Nada, no he dicho nada. No he venido. No me lo he encontrao. Cálmese hombre (Cada vez está más nerviosa y asustada) Voy a mandar ahora mismito (hablando consigo) que suban hombres, que suba gente. Hay que hacerle compañía. No puede quedar así solo, con el muerto. Se volverá loco. (Levantando la voz) Perdóname Luis. Comprendo, no he sido muy oportuna. Perdone. (Se guarda el billete en el bolsillo y se cerciora bien de que lo lleva dentro) Adiós, ya me voy, hasta mañana. Hasta luego. Hasta ahora.
Sale de la habitación.
Luis._
¡El billete asesino! ¡Bah! Aquí hay un solo culpable: yo.
Destrozado de dolor cae de rodillas. Mientras el telón baja lentamente, Luis consigue levantar los ojos al cielo exclamar:
¡He matado a mi hijo, Señor! Piedad…
Cae su cabeza y todo su cuerpo se hace un ovillo, baja del todo el telón y…
FIN

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Categorizado como Teatro,

Por Taifasa

Arturo Martín Neira está construyendo ésta página web para dar a conocer la obra literaria de su Madre. María Elena Neira, ya fallecida en el año 1989. Sin ánimo de lucro pero sí de resultados. Ya de momento ha sido suficiente para espolear mi afición de escribir y presentarles a ustedes los relatos de mi juventud. En esa sintonía esperamos agrupar por el interés literario a otras aventureras de la palabra.

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