CUADROS DE UNA VIDA

Escrito por: María Elena Neira García

Continuación

Continuamos la publicación de «Cuadros de una vida» Relato autobiográfico de la autora. Que nos va descubriendo su ser íntimo a la vez que narra la vida cotidiana que le tocó en suerte vivir. Con ello atendemos a la petición de muchos lectores a los que gustó la primera entrega.

Continuación

XII
Otro desván. Me suelo encontrar conmigo a solas estupendamente, en la soledad de aquel desván. Es muy alegre y está lleno de flores. Tiene amplias galerías con ventanales enormes. Está todo lleno de luz, fuego, fuerza, color, sonrisa. A un lado hay un gran tocador ante el cual un peluquero se sitúa a diario para afeitar a mi padre y tíos: Ángel, Pepe y Mariano. Cuando les afeita bromea y unos a otros se cuentan chistes y chismes de política. Al otro lado están los bastidores de mis tías. Ellas bordan en oro y plata, con eso colaboran en el negocio y sacan un sueldo de la caja, para lacitos, botones, collares…
Empotrado como mis casas, las últimas de la manzana, que no está en línea, y que necesitó barrenos antes de su construcción. O sea, en las murallas de la vieja ciudad. Así, pequeñas guaridas de piedra en filigrana natural, ocultan secretos de amor, ahorrillos, fotografías, figuras de Nacimiento. Un Nacimiento que cuando lo extiendo, queda más bello, auténtico y emotivo, que los tan recargados de las monjitas. Hay un estuche con tarjetas picadas de holandesitas, donde con una lucida gama de colores, yo aprendo también a bordar. También hay preciosas jaulas doradas con pájaros locos y cantarines. Mas, ¿y la panorámica? También son míos desde allí, pinarillo, Piedad, carreteras, encrucijadas, torres, el gran Acueducto y, las montañas.
Es encantador bajo las notas embrujadas de Falla o Granados. Cada cosa tiene su duende y cada duende le va diciendo a mi alma cosas nuevas, distintas, emotivas, extrañas. La vida posee un sortilegio encantado que suele romper, de repente, el griterío de mi madre que llega a mí desde el otro lado, de la primera a la última casa de la serie familiar. El corazón se me hace pequeñito, se encoge, se encoge… Y por la cueva intento cruzar hasta mi casa.
XIII
Como un pequeño ladronzuelo, entre desvanes y cuevas paso mis primeros años. Pero es y será siempre tan fuerte la huida, la necesidad de soledad, como la apremiante ansia de comunicación.
Por eso al cruzar oigo tangos… Tristes, suaves, melancólicos, tiernos, decadentes, suspirosos. Es la casa del centro, la de la sombrerería. El tío Mariano tumbado en la cueva, canta que te cantarás mientras espera la parroquia. Paso un rato a jugar con él. Es muy bueno y muy simpático. Su recuerdo me sugiere un dicho paterno: -Le pusimos una sombrerería y empezaron a nacer los niños sin cabeza-. Era impresionante imaginar cabezas para tantos sombreros. Yo tenía que poner a cada cual una cara diferente. Bailaban los sombreros con ojos y sin ojos en mi mente. Había un chico para recados y entregas que también cantaba. La inacción, el sueño, el estar en la tierra sólo para ganar el momento que se pierde, perdiéndolo a placer. El entender la vida como hallazgo inesperado sin posible justificación. El dejar dormir a la voluntad. El matar en el sueño la fuerza precisa para la tarea de continuidad y esfuerzo. El empezar solamente las obras obligadas sin intención de ejecutarlas ni acabarlas. El dejarse llevar de las horas efímeras con el fin de eternizarlas… Todo ésto me sugería aquella trastienda amurallada de la sombrerería del tío Mariano.
Pero una tirada sensible y melancólica atraía mi espíritu infantil hacia ese ensueño negativo del dolor por el dolor, contra toda esperanza. Mientras tanto, mi madre espoleaba con sus gritos a la acción a cuantos de cerca o lejos la rodeaban. ¡La acción! Vibraba su bella voz: -¡A trabajar, gandules!- ¿Habrá entrado en el taller? ¿Estarán de vagueo? ¿Quién sabe?

XIV
Yo no sé de qué manera colocaban las agujas en los silletines para que, de pronto, el desgraciado aquél que cosía y cantaba, sintiera el terrible y escalofriante pinchazo en sus carrillos traseros: -¡Ay.., ay..!- Sus gritos eran coreados por una fuerte carcajada común: la broma se había llevado a efecto. Luego caían dedales ardientes, sacados del carbón de la plancha con unas tijeras y ellos…, Todos, esperaban la palurda (decían ellos), o la infeliz, niña o vieja que creyera haberse encontrado un dedal para su costura. Era algo así como la broma de la gorra, que dice aquello de: “Al que madruga Dios le ayuda”. Todo para confundir y fastidiar al prójimo.
-¡Manena, Manenita! ¿Tú sabes de aquel que decía: “Mi hermano Menegildo, que no trabaja, tortilla pa almorzar. Yo que trabajo y entrego el jornal todos los días, torrezno.” ¿Te gusta?”
-¡No! Es feo.
-Manena, Manenita, voy a contarte otro mejor: “Con que va la mujer y le dice al marido sastre: -Oye, el nuevo oficial que hemos cogido, no da golpe; mira, cose así de despacito: pun…..pin…..pan…..pan…..pin….pon…. -Mira, mujer, eso debe ir en relación con lo que tú le des de almorzar. Vamos a ver ¿Qué le pones? -¡Toma, pues un huevo! ¿Qué le voy a poner? -Mira, mujer, dale dos a ver que pasa-. Y el Fulano se pone a cantar: -Un huevo no es más que un huevo, dos huevos no es más que un par…- Y cose que te cose: Pin…pan…pun….pan… -Mira, mujer, el oficial ha emprendido el trabajo con más calor, pero no es suficiente. Dale tres huevos para almorzar-. A la mañana siguiente canta el oficial: -Tres huevos es par y medio, ya se puede trabajar, ya se puede trabajar…. Pin, pan, pun, pan… ¿No te ríes, Manenita?”
-¡Deja que le cuento yo otro! Verás, este es de Zorrilla: “Y si vas por las alturas por donde los sastres van, dile al primero que encuentres, dile que mande un gabán de abrigo para este cura, porque si no se va a helar al pié de tu sepultura.”
-¡Ja…ja…ja…ja!–. Y todos se ríen menos yo.
El cuadro tiene voz, ruido, sonido, palabras, cuentos, cantinelas torpes…, Pero no tiene caras. Sólo recuerdo una, se llama Pilar, vecina de la calle. La vería después de vez en cuando viviendo su vida.
XV
Mi padre busca un revolver. Se quiere matar. Dice que mamá no le comprende y le hace, con su genio y gritos, la vida imposible. Mi padre ha nacido para ser feliz, para ser querido, admirado, escuchado… Es optimista, ilusionista, chistoso, generoso, altruista… ¿Sólo ésto? Mucho, mucho más. Mamá ha nacido la pobre para ser desgraciada. Es enérgica, capaz, fuerte, dura, inteligente, intuitiva, espontánea… No se pueden entender. Papá tiene a los suyos: madre, hermanos… Lucha por ellos, trabaja para ellos, es el mayor de huérfanos de padre. Mamá no nos tiene más que a sus hijos. Por ellos y para ellos vive. Por ellos y para ellos lucha. Pero papá nos mima y obsequia y mamá nos grita y nos pega: -¡Tus hijos! ¡Tus hijos! ¡Lucha por tus hijos! ¡Deja a tu madre y hermanos! ¡Ya es hora! ¡Que se defiendan ellos solos! ¿Para eso te has casado?
Papá amenaza quitarse la vida con aquella maldita pistola: -¡Me mataré, acabaré de una vez!-. Se sofoca, se ahoga…, se muere… De pronto, ella se asusta y cambia repentinamente hacia una angustiosa ternura. El se deja vencer. La quiere mucho.
La escena es tan cómica en mis recuerdos, como fuerte y desesperada para una niña. ¡Cuánto tiempo tardé en comprender cuándo la vida está ardiendo y cuándo se hace teatro!
Todo ha quedado en paz. Mis padres han entrado en su dormitorio. Solamente yo he quedado impresionada, herida, convertida en un mar de amargo llanto.
Mi casa es fría, limpia como “los chorros del oro”, (al decir de mamá). Están abiertos todos los balcones, porque la madera del suelo no se seca nunca. Se friega con sosa y con cloruro. Huele a limpio, relimpio. Un frío segoviano se mete hasta los rincones más recónditos. Las criadas siempre están soplando carbón para hacer braseros. ¡Qué desagradable! ¡Qué poco hogareño! ¡Qué frío todo, que frío! Se respira la tragedia, se palpa el drama…, Pero la sangre no llega al río. Sólo en mi corazón infantil… Mamá grita, domina, se impone, manda, gobierna, tira la comida que ha salido mal por el excusado, riñe a las criadas… -Eres un general con mando en plaza-. Así la dice mi padre que huye de nuevo hacia los brazos de su madre.
Sin embargo, mamá es encantadora. Tiene una voz de oro. Tiene una intuición maravillosa, una sutileza, un acierto en todo. De pronto se torna niña. Y esas criadas, a las que su carácter no deja vivir en paz, y esos trabajadores del taller, vigilados por su cuidado especial…, Todos la quieren, ninguno la hace traición, nadie la abandona. Todos la temen, la respetan y la quieren. Tiene algo especial que no podrán tener las tías, sus permanentes y mortales enemigos… ¡Tiene algo mi madre que no tendrá en el mundo nadie más!
Pero mi padre es un rey, que no podrá reinar jamás en su propia casa. ¡Y yo una niña triste, pensativa, preocupada y torturada!
-¡No hagáis a los niños desgraciados!
Y huyo al desván.
XVI
Otros desvanes. Los míos.
La alegría sube hacia arriba, no sé si de la calle al desván, si de la tarde de sol, si de mi edad al cielo, si de mi anhelo de ternura…, Sólo sé que cala mi alma, que disuena en el ambiente familiar y que me hace escapar, huir hacia la soledad del desván…, de los desvanes, pues nosotros hemos unido dos casas en una. Como la calle es empinada, pasamos de una casa a la otra por medio de unas escaleras; así, los desvanes son también de dos casas, por lo que hay un vasto hogar para mis escapes.
El de la casa de abajo, tiene un gran salón central, con una buena claraboya en el centro del techo por la que me encanta ver llover o nevar, y luego su correspondiente desván abuhardillado y el célebre tejadillo con su ventanita: evasión aventurera de mis piernas de saltimbanqui. Por el salón de la claraboya y subiendo las correspondientes escaleritas, paso a los de la otra casa. El grande está convertido en secadero para la ropa blanca, y luego el otro, con el tejadillo y ventanuco correspondiente, más una serie de divisiones con vigas, que parecen mundos de sorpresas y novedades.
Hemos hecho nuestros trabajos de albañilería para comunicarnos con los vecinos, niños también. ¡Y andamos a gatas por los tejados! Crecen mis hermanos y suben también a los desvanes, pero yo siempre me recuerdo sola. En los cuadros de mi niñez me veo siempre sola. ¿Qué hay en estos desvanes para mi placer? ¡Papeles, papelotes! ¡Dinero enterrado! (que diría mi madre)… Porque en mi casa no hay un mal libro, pero en los desvanes hay arcas y cajones de madera completamente llenos de libros…. ¿Dónde irían a parar? ¡Gastar a tontas y a locas! Pero yo me los trago uno por uno, sin previa selección, sin saber lo que leo, ávida y locamente, ansiosa de saber de todo…
-¡Que no os vea yo nunca con una novela en la mano! ¡No me gustan las mujeres noveleras ni teatrales!
Folletines y folletones, literatura buena o mala, yo qué sé. Supongo que todas las deformaciones posibles caerían sobre mi fina sensibilidad. Y mientras canto o rezo, horas y horas en la capilla de las Concepcionistas, mientras velo al Altísimo, pidiendo una y otra vez perdón y repitiendo a miles los Padrenuestros, revivo en mi imaginación crímenes, amores, desgracias, revoluciones: Las aventuras de Rocambole enteras, Los Mártires de la República, Los ángeles del arroyo, Los hijos de la fábrica…, Qué se yo… Jamás miraba el nombre del autor, ni discernía sobre el estilo de la obra, forma, propósito, lenguaje… ¿Qué más me daba? Yo iba ansiosa tras del argumento, solamente a ver que pasaba. nadie me enseñó a vivir ni a leer. Nadie me retiró la broza de los ojos ni en la vida ni en los libros. Nadie me ahorró una lágrima, un descubrimiento, un dolor o un terror. Mi sensibilidad vivía estremecida, mi imaginación suelta, mi choque con la vida a diario siempre fue brutal.
¡El rincón de la ropa sucia! Teníamos lavandera a diario, pero nunca quedaba limpia toda la ropa sucia. Con trapos y ropas más o menos sucias, yo fabricaba un muñeco. Me sentía madre y le dormía o arropaba, cuidando mucho sus llantos y pis… Y con él en mis brazos me tragaba volumen tras volumen. Otras veces vestía un maniquí (siempre había uno o varios maniquíes) de mago, de gigantón de ferias o de espantapájaros. Entonces, había que seguir sus órdenes y hacérselas cumplimentar también a los chiquillos de la vecindad. Los tejados se llenaban entonces de goteras.
Otras veces lloraba. Era preciso llorar. ¡Había mucho que llorar en la Tierra! Y yo cumplía, apoyaba mi cabeza en la de mi falso niño y le dedicaba toda mi ternura: -¡No llores, mi niño, no llores…. Vamos… ¿Dónde te duele? ¡No, tú no llorarás! Tu camino será fácil y hermoso. Yo lo haré para ti lo más bello que me sea posible con mis pobres fuerzas… ¡No, mi niño!
Así horas y horas. Nadie me echaba de menos. En casa de la abuela creían que estaba en el colegio, con las niñas, con los otros abuelos… En casa, mamá, siempre atareada con su casa y ropas, con los niños pequeños, con sus gritos y quejas…, pensaba que estaba con las tías.
XVII
Conforme venían más hermanos míos, mi madre gritaba más:
-¡Tus hijos! ¡Tus hijos! ¡Que el negocio es de todos! ¿Pero, quién lo levanta y sostiene? ¡Tú, el padre de mis hijos! ¿Y, a quién estás haciendo ricos? ¡A tu padre y hermanos! ¿Y, quién mete, primo, a cada momento sus sucias manos en el cajón del dinero? ¡Ingenuo, inocente, primo!
-¡Déjame ser un buen hijo y un buen hermano! ¡Tengo que hacer con ellos las veces de padre!
-¿Pero, y tus hijos?
Yo no lo entiendo. Todo para mí es extraño, feo, triste. Pero yo soy una pequeña reinecilla en la casa de mi abuela. Soy la mayor. Se me mima, obsequia y regala. Con las tías (que, por cierto, me quieren tanto como al parecer odian a mi madre), asisto a fiestas, bodas, conciertos, teatro infantil, bailes de niños… ¡La vida es maravillosa! ¡Mis tíos también me miman y obsequian! ¿Y, mi padre? Mi padre allí ríe, canta, hace chistes, bromea, divierte y se divierte, sube, baja….
-¡Mis hijos, mis hijos! ¡Como un gato, tripa arriba, (que feo) así tengo yo que defender el pan de mis hijos! ¡Y al que niegue mi derecho de intervención, le meto las tijeras del abuelo en la tripa!
-¡Es una loba! Pobrecita mía, dame un besito, preciosa. ¡Qué desgraciada eres, pero qué desgraciada! ¡Tu madre es una loba!
XVIII
¿Quién ha corrido la voz por el colegio? ¿Mi amiga Lolita la de los desvanes próximos a los míos? ¿El tendero de comestibles? ¿Alguno de los chicos del taller? ¿Algún oficial de la casa? Yo sólo sé que se rumorea en la clase, que lo escucho en el comedor del colegio donde merendamos cuando hacemos ejercicios o ensayos de festividades…, y también en la capilla. Luego, en el recreo se hace eco que repiten todas las niñas, y llega hasta las monjas: -¡Pobrecilla, es muy desgraciada, su madre es una loba!
Un sentimiento de dolor, de incomprensión, de rebeldía, me obliga a internarme más dentro de una soledad sin posible solución ya. Estoy sola, estoy triste… Me encuentro herida en nombre de mi madre y completamente desamparada ante las murmuraciones. Pero no tiene remedio. Cualquiera que pase a mediodía por la calle Real, oirá gritos furiosos, apasionados, enérgicos, constantes…. -¡Es una loba! ¡Es inaguantable! ¡No deja a ese pobre hombre, que es un santo, vivir en paz! ¡Con la suerte que tiene de tener un marido semejante!
Y en la tienda, a mis tíos: -¡Esa maldita mujer!-. Y en el taller: -¡Que viene el coco!-. ¿Por qué, por qué, por qué…?
XIX
Cuadro carnavalesco. Recuerdos precisos e imprecisos. Un velatorio de desagravio en el colegio. Salida por la puerta de las “gratuitas”. Unos chicos vestidos de mamarrachos nos persiguen haciéndonos correr asustadas. Mi amiga Pilar vestida de gitana. ¡Los bailes! ¡Los zapatos de tacón alto para que las tías me pasen al baile! ¿Cuántos años tendré? ¿Nueve, diez…? En esta época los teatros, que a la vez son cines, se entariman especialmente para la celebración de los bailes de Carnaval. Son organizados a cambio de las diferentes sociedades clasistas: Casino de la Unión, Círculo Mercantil e Industrial, el Forting, etc… Naturalmente las clases se determinan más como efecto que de hecho, por eso es fácil encontrar las mismas gentes en todas estas sociedades, con ligeras variantes, las de Segovia. Si bien el sistema organizador es diferente y muy rival, logrando algunos años diferencias notables. Yo, en este año de mis recuerdos, voy al Círculo Mercantil, y voy a pasar entre las tías, semi escondida, apoyada en altísimos tacones, que me quitaré al encontrarme dentro. Y si los acomodadores se ponen difíciles, ya se sabe, se abre el bolsillo de papá y listo. ¡Al fin dentro! ¡Qué luces, qué ornamentación! ¡Cómo está de engalanado! Mi admiración se desborda.
¿Por qué voy yo, niña, a estos bailes? ¿Porque soy la niña mimada en casa de papá? ¿O, porque mi madre, que no puede o no quiere asistir, me manda como único remedio para que mi presencia contribuya a frenar la conducta de mi padre? Para mí es una aventura feliz y triste, sencillamente porque pienso, sufro, intuyo… y juzgo.
Una aventura.
Siempre habrá un niño o niños a quienes unirme. Y nos lo pasamos imponentemente. Vamos de platea en platea, de palco en palco, a gallinero o anfiteatro, al ambigú…. Almacenamos serpentinas, confeti, abanicos, farolillos, pitos…. Nos encontramos a los pies de las parejas o entre los músicos. Nos compran los mayores todo género de caprichos y chucherías: bombones, gorros, muñecos, pasteles….
Se me viene a la mente sobre todo la platea de mi familia donde papá es el rey. (Cada cual, en estos casos, entre la gente que puede, alquila un palco o platea para pasar la noche y dentro de ella se vive, bebe y cena en frío, a placer). En la nuestra se tira el dinero a manos llenas, que diría mi madre. Constantemente entran camareros con viandas, medias noches, vinos, dulces, jamón en dulce, champán… La pelea del gasto, el confeti y la serpentina es llevada a cabo entre el grupo de ricos industriales de la capital, entre los que se encuentra mi padre y todo su grupo de amigos, su peña. Hay, entre éstos, como un prurito de derroche. ¡A ver quién puede gastar más! Mi padre suele ser de los mejores, sino el amo. ¡El sí que sabe gastar! Sus hermanos, mientras tanto, mucho más miserables, se espantan ante sus gastos. Ellos lo saben guardar, ahorrar, esconder… Ellos lo quieren tener, poseer… En cambio, por las manos de mi padre…, Pasa. Y mi padre es observado por ellos. Y a mi padre se le cuenta el gasto y se apunta con creces, porque, justamente un tanto como ese que él disfruta feliz, deberá ingresar mañana, desde el cajón, en la cuenta corriente de cada cual. Esto lo sabe mi madre muy bien. He aquí el motivo de sus desesperaciones. ¿Era mucho para una mente infantil? ¿Yo lo captaba? Sí. Yo captaba algo más, que las mujeres de los otros industriales estaban con ellos disfrutando, bebiendo y riendo: -Mamá-, decía yo con pena, -nunca puede. Es esclava de los pequeños a quienes nunca confía a nadie. No puede o no sabe desencadenarse del trabajo doméstico. No puede aguantar a las tías. Jamás improvisa y cuando hace planes siempre hay algo que los rompe. Es mujer de ataduras morales, de disgustos constantes. Nunca está preparada de ropa. Es una atormentada y no puede abandonarse a la risa.
Y papá…. Allí está él. ¡Qué ansia de vida, de juerga! ¡Qué largueza y amplitud de gestos! ¡Qué generosidad, que alegría, que simpatía! Era un ser pletórico, desbordante…
-¡Eres un títere! ¡Un guiñapo! ¡Un hombre sin voluntad! ¡No te das cuenta loco de cómo ellos miden todos tus actos y te juzgan para rebajar el juicio de tu propia madre! ¡No te das cuenta de que ellos van a por tí, a timarte, a robarte, a hundirte! ¡Tú, gasta…, Gasta…, Ya me lo dirás el día de mañana!
-Lo puedo gastar, porque lo sé ganar. Ellos nunca sabrán ni lo uno ni lo otro.
-Ellos van a la suya…
-No valen ni para descalzarme. Sin mí se hundirían todos….
XX
Nació mi hermano. Al fin mi padre tuvo un hijo. Y fue ese día el más grande de su vida (según decía él): -¡Un chico, un chico!” Se llamará Arturo como su padre. Arturo, Arturín-. Se tiró la casa por la ventana en el bautizo. Luego no fue Arturín, sino Pedro, pues le pusieron el nombre de Pedro antes que el de Arturo, y como el oficial fue Pedro, con éste quedó para todo lo serio: carrera, documentaciones, etc…, y para su mujer e hijos. Mientras, para nosotras solamente, su nombre fue siempre Arturín. Se le mimó mucho y se le dio más de lo que pudo necesitar, y así lo seguimos haciendo hasta la muerte de mi madre.
XXI
Me encuentro en la casa de la abuela Raimunda. Hay que madrugar pues salimos antes de amanecer para la canonjía de uno de los tíos sacerdotes de mi madre, y después a la parroquia del otro tío. Creo que uno se llamaba Luis. El cuadro me trae lo siguiente:
-¡Vamos, Manena, tenemos que dejar hechas las camas por lo que pueda suceder. Nunca se sabe cuando se emprende el camino!… ¡Venga, ayúdame, ponte al otro lado y ayuda al movimiento de la vara.
Yo no sé por qué la abuela hacía las camas ayudándose de una vara. Eran tan altas y tan difíciles de arreglar…
-Te daré leche con miel para que vayas alimentada y no te marees por el camino… ¡Vamos, Paca, mete en la cesta caprichos para la niña, que no se le haga largo el camino: rosquillas de Segovia, yemas, caramelos…
-¿Y me dejarás coger flores del campo, abuela?
-¡Pues claro que sí, nosotros paramos cuando tú quieras!
Venía la tartana del tío y su cochero a por nosotros. Montábamos y nos acondicionábamos bien para el frío del camino. ¡Qué bonito amanecer desde la tartana! ¡Qué maravilla vivir! Me paraban cuando a mí se me antojaba, pero yo no era niña de antojos ni de caprichos, era la niña del aguante y la renuncia. Me parece que eso se debía en parte a mi manera de ser y no me atrevo a decir que en otra parte a mi educación, pues mi educación era eso, dármelo todo y buscar mis deseos para colmarlos. Después me recorría todos los rincones de la canonjía, corría, jugaba con los niños de los feligreses, comíamos una comilona copiosa, perfectamente servida y muy detallada. Luego, yo escapaba a la Rosaleda, me daba muchas vueltas por el pueblo, las gentes me llamaban y me daban cositas, caprichillos, chucherías, bagatelas…, y regresábamos, yo feliz y muy cansada, al atardecer.
No me acuerdo del nombre de estos pueblos. Sé que uno era Marazuela.
XXII
Otro cuadro de mi vida de niña, muy grabado, eran las comidas del abuelo Cándido. Tenía la fama el abuelo de saber guisar mejor que nadie y se le llenaba la casa de amigos y parientes. Recuerdo que tenía un gran salón que daba a una calleja, al otro lado del jardín, que estaba llena de girasoles. Bueno, pues este salón se convertía en un gran comedor, y allí no se hacía más que comer, y entre cuentos y chismes, su cosa política y su caliente chisteo, se alababa al abuelo como un gran cocinero. En Segovia siempre es fama de comer bien, pero yo creo que como en casa de mi abuelo, ni se ha comido ni se puede llegar a comer. El abuelo se arremangaba, se ponía un mandil blanco como la nieve, echaba a todas las mujeres de su lado y ya está.
-¡A mí dejadme todo cuanto pueda necesitar y fuera, dedicaos a poner bonitas las mesas y el comedor!
Y empezaban a salir platos y platos suculentos: el cochinillo, el cuchifrito, las patas en salsa verde, las truchas asadas, las tartas, los dulces… Luego, los hombres, según su normal hábito, arreglaban España y yo escuchaba, pues me resultaba mucho más interesante que el chismorreo de ellas.
-¿Pero, Manenita, que haces ahí aburrida? ¿Por qué no sales con los niños?
XXIII
Conforme crecían mis hermanos, mamá gritaba más:
-¡Tus hijos, tus hijos! ¡Deja a tu madre y hermanos de una vez y ven a tu casa, a luchar por tus hijos!
-¡Mujer, si el negocio da para todos!
-¡En él pones tu alma, esfuerzos y sudores y los beneficios son para ellos, para tu madre! Estás loco. No piensas que el día menos pensado, aquél en el que tú ya no intereses, te dan el puntapié y tienes que empezar de nuevo, sin juventud. Y dejarás a tus hijos en la calle cuando más te necesitan. Piensa, por favor, que tienes tres hijas, tres… Y, si quieres que se casen bien, que hagan, lo que se dice, una buena boda, tendrá que haber una razón, un porqué… No se trata de tener más o menos palmito. Y conste que no pido una buena dote para cada una como sería mi ilusión, pero sé que necesitaré dinero, dinero…, Dinero a manos llenas!
-¡Déjame, mujer, bien sé yo lo que me hago. Además, cuando solventemos lo que tenemos, y después de haber puesto en marcha las ideas que llevo en la mente….
Y papá se ponía a soñar…
-¡Iluso, iluso, eso, ilusionista, altruista, cualidades que no sirven para nada!..-. Y, otra vez: -¡De eso se aprovechan tus hermanos, que son los que engordan el bolsillo!
-¡Por favor, que ya no tengo padre, déjame ser un buen hijo y un buen hermano como es mi deber!
-¡Ya, el puntapié que te van a dar ellos cuando no te necesiten! Y entonces será tarde para empezar luchando por tus hijos…
Conversación mil veces repetida, que se me quedó en el alma. Todo es extraño, feo, horrible, pero fuerte e imperioso. Y mi padre, entre las exigencias de mi madre y las de sus hermanos sin que pueda ser feliz… El, que nació para serlo.
Como consecuencia yo soy. (¿Por qué yo?) Una reinecilla en la casa de la abuela Elena. Han ido casándose los tíos y las tías… Yo siempre en el coche de la novia. Recuerdo terciopelos, no sé por qué, los caballos y un landó… Flores, luces, penumbra de iglesia, arcos…. Pero lloro, lloro mucho, la vida es hermosa y no puede darme más, pero también dolor, mucho.
Y ya tengo juguetes, pero en la casa de mis tíos. Recuerdo que el tío Pepe, se había casado con una rica y tenían como un chalet a las afueras de Segovia. Allí había un jardín en el que yo jugaba y aprendía a conocer las flores. Después veo una habitación con muchos juguetes y a la nueva tía que me decía: -Todos son tuyos, todos para ti. No te los puedes llevar a casa porque los romperían tus hermanos, pero es igual, tuyos son. Juega cuanto quieras…
XXIV
Hay grandes lapsos de tiempo en los que no veo nada. Sin duda, estoy inmersa en la vida de colegiala. Pero colegiala poco atenta y poco estudiosa. Me estoy haciendo una niña fantástica y siempre estoy ausente, viviendo de mis propios cuentos. Vamos a Bellas Artes por la noche y yo aprendo francés. Me parece que se me da muy bien y me compro periódicos franceses.
Van llegando mis primos al mundo. Recuerdo sus bautizos como algo inusitado. Sobre todo el de mi primo Benito, con su chocolate con churros, el “arrobo” de caramelos para todos los niños que nos siguen, y mucha alegría.
Corre mucho el tiempo. me recuerdo vestida de holandesita para asistir a un baile infantil de carnavales. Me lleva mi madre. Y me saca a bailar un niño vestido de bandido. ¿Quién sería? ¡Pues, que bien! Y yo me dejo llevar porque soy una gran bailarina y todavía no se ha apoderado de mí aquel complejo de inferioridad de no ser la guapa de la familia, que lo era Pili, porque yo me parecía a la familia de mi padre… No sé si eran más feos a juicio de mamá. Y eso de ser siempre la mayor, que es una cosa que marca lo suyo: -¡La mayorona, a tus añazos!…-. Y son siete, ocho, nueve… -¡Tan mayor, es tan mayor!- Eso debió ser después… Porque me introvertí, se afinó mi mundo interior, me nacieron ciertas dotes de observación, aprendí a enjuiciar lo que me rodeaba, pero a la vez empecé a ser la niña solitaria y la incomprendida. Y también a defraudar a cuantos me consideraron la niña inteligente. Y es que siempre estaba fuera y me desesperaban los temas del colegio. ¡Si no llega a ser porque descubro una máquina de escribir en el escritorio de mi padre! ¡Aquello sí que fue maravilloso, porque aprendiendo a manejarla me doy cuenta de que puedo expresarme, que puedo contar a un papel blanco todo cuanto siento, pienso, me ocurre, me duele!… Gracias a ésto, porque si no me ahogo… Pero allí estaba aquel horrible instrumento, negro y grandote.
XXV
Mis primos crecen y ya tengo un pequeño grupo para jugar con ellos a mis propias fantasías o realizar mis tablas gimnásticas tal y como aprendo en el colegio: -¡Así, así! ¡Alerta, niños, todos en orden, por estaturas, vamos! ¡Tenemos que cantar para acompañar nuestros movimientos! ¡Atención, os lo voy a enseñar: “Es el arte gim-nas-ti-co, tan u-til y ex-ce-len-te, que por ella purí-si-ma con-ser-va-se la men-te, por ella el cuerpo tórnase vigor y lozanía el alma…”-. Era la tabla que preparábamos en el colegio para recibir a la Infanta isabel, que solía visitarlo todos los años, cuando pasaba para La Granja: –¡Arriba brazos! ¡Venga ese pie! ¡Atrás los cuerpos! ¡Ahora palmadas den, un dos, tres…! -Qué maravilla, qué paciencia tiene esta niña. Hay que ver cómo entretiene a los niños…
Nos vamos haciendo mayorcitas. Mis hermanas son mis hermanas pero no son mis amigos. Tengo un mundo aparte que todos critican, que a todos enfada y enfurece. Dicen que estoy loca, que soy sosona, que me paso de buena, que no valgo para la vida tal y como es. Pero la mía vale más, es mucho mejor, más llena, más hermosa…, sólo que…

XXVI
Mi hábito al ensueño va pasando de la raya. Me aprendo versos, romances, cuentos, los doy vida en la imaginación, alargo los temas, los cambio, doy más fuerza, más dramatismo, más sentimiento a cualquier lectura. Vivo en un mundo pleno de fantásticas locuras. Doy nuevas vidas a los inventados muñecos de mis desvanes y me voy continuamente de la realidad. Con todo esto voy abandonando mis estudios y con el libro bajo los ojos, son visiones en vez de signos lo que se me ofrece. Y llega un momento crucial en mi existencia del que voy a acordarme siempre.
-¿Qué te pasa Manena, cómo no avanzas, cómo no estudias?
-Es que me duele mucho la cabeza, siempre, siempre…
-¡Pobre!
La familia de mi padre entera se lanza en mi defensa:
-¡Imposible, no puede estudiar, no debe seguir estudiando! Le duele la cabeza, se pone enferma y, ¿para qué lo necesita? No hay por qué martirizarla, que juegue, que sea feliz…
Se crea el gran problema en torno a mí. Se alarga, se agrava… En el fondo siento algo así como una especie de remordimientos…, no sé…, noto que estoy creando una falsa situación. -¿Para qué lo necesita? Eso mismo, para terminar por casarse…-. Papá se empeña en sostener su postura:
-Tiene que estudiar. La vida está cambiando. Tendrá que defenderse en ella de manera diferente. Las mujeres van a tener otra participación en la vida. Se les están abriendo todos los caminos de la cultura. No se puede ella quedar en la estacada.
-¡Mira-, tercia mamá, -a mí lo que me interesa es que se case, que viva en su casa tranquila y feliz. Para eso los estudios le sobran. Que se haga una mujer de su casa que es lo que hace falta.
-¿Y si las cosas se le ponen mal?
-Bueno, en lo más malo hay que tener en cuenta que, jugando o no, ha aprendido el oficio. De pasarse horas enteras en los talleres, sabe mejor que nadie hacer un buen chaleco, hacer unos pantalones, sabe bordar en oro los emblemas de todas las armas, medallas militares… Además, como tendrá dinero, tendrá también muy buenos pretendientes.
Bueno pues, ya está, se fraguó mi destino.
Entonces justamente, yo me leía los artículos de fondo de los periódicos una vez, dos, tres, hasta que los comprendía, y quería saberlo todo, bueno, lo que me gustaba. Mi curiosidad no tenía límites, me leía los libros más difíciles, los tomos más gordos. Además, escribía con bastante facilidad, de momento. O sea, que mientras yo me iba haciendo una pequeña intelectual mis hermanas y amigas empezaban el bachillerato. Pronto empecé a tener que ayudarlas en temas difíciles, sobre todo literarios, porque a mí, es la verdad, se me daba mucho mejor que a ellas y tenía gran facilidad y costumbre. Pero ya no podía ser María, porque el destino, ante el mundo, me hizo Marta, por mi grandísima culpa y por no tener quien me comprendiera y me ayudara, quien pudiera sacar del pozo en que se estaba metiendo a una niña solitaria. Y viviría una dualidad impertinente y exigente. Por un lado yo sería la Neira mayor, la hija de sastre, dispuesta, hábil, rápida, capaz de hacer labores con meticulosidad, paciencia y maña, mientras que por el otro, por el mío, sería una presunta e incipiente escritorcilla sin base.
XXVII
Con estas cargas y tal, se presenta la muerte de mi abuela Elena, mi madrina. La sentí muchísimo e hice por primera vez, yo sola, los vestidos negros con que mis hermanas y yo nos presentamos al duelo por la tarde. Lo compré todo y lo realicé en un día. Me alabaron muchísimo. recuerdo el entierro como una de las mayores tragedias que podían ocurrirme. Perder a la abuela me dolía como algo irreparable. Sus hijos la llevaron a hombros desde la casa 3 y 5 hasta el cementerio del Angel.
Mi vida se hizo más complicada, pues mi padre, nada conforme con los estudios que se realizaban en el colegio, (cuando no se hacía el bachillerato) decidió cultivarme, que no me quedara en señorita tonta en espera de marido, y empecé a recibir clases particulares, primero con un ex-sacerdote, después otros, y así sucesivamente.

XXVIII
Y también le toca marchar a la abuela Raimunda. Todo lo relacionado con esta muerte debe andar escrito e introducido en cualquier relato mío, teatro o narración, porque me impresionó y me marcó mucho. Enfermó porque se cayó rodando por las escaleras y le quedó mal la cabeza. Entonces, sus hijas, mamá y la tía Paca, con la ayuda de la nuera tía Feliciana, se repartieron la carga de cuidarla y atenderla hasta la muerte. pero como la cosa se hacía pesada y mi madre tenía mucho laberinto en su vida y casa, decidió mandarme a mí a que la sustituyera. Había, naturalmente, una mujer a su atención que siempre andaba de parloteo con la vecindad y yo me quedaba sola con la vieja. Los días eran muy largos. Yo la vestía, la peinaba…
-¡No, hija, tus muñequitas no están hechas para estos trabajos!… ¡Vamos a la camilla que voy a contarte un cuento!” Sus cuentos eran largos y un tanto tenebrosos, eran cuentos de locos, que no sé de qué parte de su vida le llegaban. Entraban las hojas de parra por los balcones y se oían continuamente las largas y tristes letanías de las monjas descalzas, cuyo convento había sido tapiado a partir de una queja que dio el abuelo al obispo, porque, casualmente, daban a dicho jardín las celdas de castigo donde las monjas imponían o se imponían los cilicios para huir más que de otro pecado del terrible de la carne. ¡Pobrecitas! Y a pesar de la alta tapia a mí me llegaban largos lamentos ahogados y muy tristes:
-¡Dios mío! ¿Tanto como eso cuesta ganar el cielo?–, me preguntaba.
-Les han quitado el mundo, hija, con ésto ya les quitan el demonio, pero como la carne les queda hasta la muerte, por ella entra de nuevo el demonio y ya ves, se exponen al infierno..
-¿Y tú no, abuela? ¿Y yo no?
-Tú, infeliz, vas al cielo derechita, y yo, los hijos te causan tal dolor que desde luego purifican…
-Cuéntame otra historia, abuela, la del loco aquel.
Y yo empecé a vivir impresionada, trémula y nerviosa. Dormía mal, no comía… Entonces vino mi primo Cándido, ya mayor, de Madrid donde estudiaba, y empezó a tomarme el pelo.
-¡Pero tonta, tú no tienes que obedecerla a rajatabla!… ¿No ves que no está bien de la cabeza? Que la cuide la tía esa, que para eso cobra, y si no que venga tu madre..
-Ella viene de noche cuando la toca.
-¡Ya, ya! Bueno, ahora, como tengo que ayudarte a cuidarla yo, vamos a hacer un plan, para regular el servicio. Un horario sobre todo. Lo difícil lo hace la tía esa, porque en cuanto desaparezca armamos el griterío padre: ¡Que se muere! ¡Qué se muere! etcétera. Luego, vigilancia permanente, pero unas horas tú y otras yo, con salidas, entradas y, sobre todo, mucha lectura. ¿Tú, que lees, vamos a ver, de todo? Bueno, te voy a traer policíacas que son divertidísimas. Y no te asustes de ésto porque la que te mueres eres tú.
Me dejé llevar un tanto por mi primo, que era el mayor en aquella familia y que no sé como se las arregló para llenar la casa de chicos. Venían sus hermanos, sus amigos, sus amigas, y se reunían en el desván bonito donde lo pasábamos en grande. Yo, como debía ser muy timorata y sentimental, volvía siempre con la abuelita, pero con cuidado, porque entonces la mujer volaba y había que llamar al primo.
-¡Ya se ha ido!
-¡Ah, sí! ¡Pues verás tú si viene! ¡Anda, vente, que estamos preparando una que será sonada!
Total, pasó el tiempo, la abuela se murió porque la llegó la hora, y yo quedé llena de remordimientos. Eran remordimientos atroces, que no me dejaban dormir… ¡Qué época aquella! Entre lo absurdo que salía de la mente de la abuela, los cilicios de las monjas, las sombras del jardín y las novelas policíacas de mi primo, yo creí que me moría. Y como conclusión me dije que jamás dejaría a una hija mía, si la tenía, cuidar a un viejo enfermo, ni responsabilizarse de cosas tan desagradables, a una edad tan temprana.
XXIX
Y no sé cuándo ni cómo, empezando tal vez mi adolescencia, mamá consigue al fin sacar a mi padre de con sus hermanos y llevárselo con ella y con sus hijos. Todo fue, naturalmente, como ella había predicho. Se hizo un mal reparto, le dejaron a él toda la deuda, que como papá era tan altruista, generoso y magnánimo era mucha, se quedaron ellos con la hijuela de mi padre, con la casa 3 y 5, talleres, etc…, y a él, que lo había ganado todo, el puntapié. Pero a él no le importó. Tenía demasiada confianza en sí mismo. Sabía que se llevaría sin querer o sin hacer nada porque así fuera toda la clientela, y sabía que seguiría ganando mucho dinero.
Entonces, para dar un mentís a las habladurías, (“los Neiras se separan, se hunden, se arruinan…”) al qué dirán y al baldón, que diría mi madre, se compra una de las mejores casas de la calle Real, la número 31 y 33, que era de su primo Victoriano, contándonos aquello que su primo Timoteo le decía un día: –¿Pero tú te crees que vas a llegar a mí, a tus primos, al prestigio de los Villoslada? Tú eres un mequetrefe.. –Sí, pues ahora me he quedado con el negocio entero y hasta con la casa de mi primo–. ¡Estupendo, pues, ahora a seguir! Y se compra además un coche, de los primeros Peugeot de aquellos tiempos, abrigos de piel auténticos, y una radio para llevarla los domingos a la granja, Balsaín y la Boca del Asno. A mí, una máquina de escribir, además, una Remington portable. Y me hace unos trajes sastre que hay que ver el tipo que me hacen, que tengo catorce o quince años, y una capa española color pasa con embozos de terciopelo de colores, de hombre, que me hacen más chic cuando me lleva a Madrid y comemos en Lhardy o en Molinero. ¡Pues no es nada!
La clientela, naturalmente, se va con él, porque es un chistoso, un simpático, tiene don de gentes, hace reír, es listísimo y en política se las sabe todas. Bueno, el colmo de todo. Además, recobra la libertad que tenía constreñida por sus hermanos, que ya tenían mujer e hijos y las mujeres mandaban. Claro, que tiene en cambio a su mujer, pero ella aún cree, a pesar de lo difícil que es, en él, en su habilidad, en su talento, en su suerte, y hasta en su destino.
Sí…, Sí…, Pero lo que no piensan, ni ella, ni él, ni nadie, es que la guerra se acerca a pasos agigantados, que se ha llenado de género el establecimiento, que se ha gastado como cuando llovía del cielo, que nosotras vamos a mayores, etcétera, etcétera.
Y, mientras, aprendo a conducir, y me hacen empezar a presumir antes de tiempo, con mi vena romántica incrementada, enamorada del amor y de la muerte, haciendo versos a mi prima Joaquinita muerta, soñando a la luz de la luna, y completamente inútil para vivir la apoteósica realidad que para mí desean. Llega la adolescencia, la juventud, la guerra y, todo lo demás.
Aunque me duela mucho, voy a intentar hablar de ello.

Continuará

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Categorizado como Relato.

Por Taifasa

Arturo Martín Neira está construyendo ésta página web para dar a conocer la obra literaria de su Madre. María Elena Neira, ya fallecida en el año 1989. Sin ánimo de lucro pero sí de resultados. Ya de momento ha sido suficiente para espolear mi afición de escribir y presentarles a ustedes los relatos de mi juventud. En esa sintonía esperamos agrupar por el interés literario a otras aventureras de la palabra.

3 comentarios

  1. Cuando empecé a leer «Cuadros de una vida», sabía que estaba en manos de una narradora de primera.
    Su estilo muy peculiar: intimista, meticuloso y a la vez sencillo, entrelazando su vida con la de los demás.
    Siempre nos deja con ganas de conocer más de ella.

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